jueves, 7 de julio de 2011

Retóricas (y cierto elogio a una Presidenta K)


Existe entre los humanos un arte viejo, más que antiguo, pero nada obsoleto, que sigue haciendo valer sus efectos entre los mortales. No importa el tiempo ni el lugar; a decir verdad, afecta a todas las sociedades por igual. Está tan instalado entre nosotros, que nadie se salva de echar mano de él cada vez que hace falta.
Pero ojo: los efectos pueden ser complejos, difíciles, irreversibles, si no se lo emplea como él mismo lo demanda, es decir, con arte y delicadeza, con conciencia. Claro, en el fondo la cosa es simple y le sobra claridad. Pero, por si acaso, bien vale un exergo mucho antes de empezar. Causa y efecto; o mejor dicho, causas y efectos. Eso es todo lo que hacemos. Un punto que dibujamos en cualquier superficie, y sucede que la línea continúa dibujándose con el color y la intención con que la creamos. Alguien arroja una piedra, un soplo apenas, o una palabra, y el movimiento ya se echa a rodar. Basta con un gesto, una tendencia, solamente una intención, y la acción se inicia. Quizás, lo más notable o lo más evidente en nuestro vivir como nos toca, en sociedad, sea lo que ocurre a nivel de las palabras. De ellas nadie puede salvarse, porque nadie puede zafar del lenguaje, cualquiera que sea. Entonces, ¿qué hacemos con las palabras? ¿Cómo es que podemos hacer tanto, simplemente con un enunciado? ¿Puede, una palabra apenas, desatar una catástrofe, o ponerle fin?
A decir verdad, sí, todo eso puede ocurrir, con todos los grises y semitonos que existen en el medio. Hace algunas décadas, ciertos lingüistas porfiados, decidieron dedicarse a descubrir qué ocurría con las palabras cuando ya están por fuera de la boca, del cerebro, del pensamiento. Hasta entonces, la lingüística y todas las ramas a ella asociadas, se habían limitado únicamente a pensar cómo es que funciona, se gesta, se instala y se transforma el lenguaje en el cerebro de los hablantes. Pero, siguiendo la premisa de que el lenguaje es un hecho fundamentalmente social, hubo quienes se aventuraron a explorar qué hacemos cuando decimos, o cuando no decimos.
Y fíjese qué curioso descubrimiento: advirtieron que, en una gran cantidad de ocasiones de la vida común, diaria, ordinaria de los humanos, el lenguaje es mal usado o “des-usado” simplemente con el objetivo de… ser correctos. Así funciona, de hecho, la retórica social y habitual de la cortesía; con lo que cabría suponer que, paradójicamente, los diplomáticos son los peor hablados de los mortales. Un ejemplo común de análisis, la realización de un pedido. Situación cotidiana: un embajador de Rusia se comunica telefónicamente con la secretaria de un embajador de Estados Unidos, y dice “¿podría hablar con el Sr. X?” Claro, la secretaria, correcta, cumpliendo con su trabajo y, además, obedeciendo las simples y básicas reglas de la cortesía, podría responder que sí, que aguarde un momento hasta que lo comunique; podría decir que no se encuentra; o que le toma el mensaje; o en fin, que su jefe se comunicará después o tantas otras cosas más. Por ahora, así las cosas, nada alteraría el curso de los acontecimientos mundiales ni sorprendería a nadie. Pero el hecho es que, en ningún caso la secretaria estaría respondiendo, estrictamente, a la pregunta. Si lo hiciera, podría decir algo como “sí, puede, si abre la boca y dice al menos una palabra”; o “no, no puede hablar hasta que se digne a aprender inglés”; o bien “no, no puede, porque el Sr. Embajador se niega a escuchar a cualquier ruso, ya me ha dicho que cree que todos los rusos son unos imbéciles”. En tal caso, y dado el contexto, quizás no hiciera falta mucho más para que, entonces sí, cualquier conflicto se desate y llegue a expandirse mucho más que lo esperado, cuando en realidad se trataba de una invitación para jugar al… TEG. Pero las reglas de cortesía funcionan así, y establecen que, en el caso de ciertos pedidos, es mejor preguntar (en vano) y no pedir.
Existen otras situaciones y circunstancias, otros contextos, en que pueden hacerse cosas con palabras que, con un enunciado simple y breve, cambian definitivamente el curso de los destinos. Por ejemplo, la fuerza de expresiones como “yo declaro”, “yo juro”, “yo prometo”, “yo sentencio”, “yo renuncio”, es tan determinante, que para deshacer lo hecho, cuando es posible, se necesita crear una larga y compleja situación cargada de otros hechos y otros enunciados. Y eso puede durar años, como sucede con un divorcio o una absolución; sin embargo, tras una declaración de matrimonio o una sentencia de culpabilidad, nada puede volver a ser lo que era.
En general, actuamos de manera muy poco cuidadosa con lo que decimos, o con la forma en que decimos. Del mismo modo, somos muy poco conscientes de lo que hacemos cuando decimos algo; y muchas veces, de lo que hacemos al no decir. Pero hay algunos casos, algunos hablantes, que se han perfeccionado especialmente en este vital arte de la retórica. Además de los publicistas, están los políticos. Aunque cuando se trata de discursos, la diferencia entre uno y otro oficio no es tanta. Ambos aprenden, pulen, perfeccionan el arte de la retórica con un mismo fin: persuadir a las masas; es decir, convencer, llevar a la mayor cantidad de personas a hacer y creer lo que ellos suponen y quieren que hagamos o creamos. En este sentido, el periodismo -o lo que por estos días se supone que es periodismo- suele tener un juego parecido; pero deliberadamente, lo dejo a un costado de la discusión. Y hablando de publicistas y políticos, no creo ser la única a la que le viene espontáneamente uno de los ejemplos paradigmáticos del caso: Joseph Goebbels. ¿Qué hubiese sido del régimen nazi sin él? Nada, tal vez. O muy poco. Además de ser el principal orador del Tercer Reich, Goebbels fue el ideólogo y el ejecutor de la sostenida y elaborada campaña ideológica-propagandística del nazismo. Fue capaz de conducir de las narices a tantos seres humanos como lo hubiesen hecho miles de flautistas de Hamelin. Y lo hizo sólo con eso: con palabras. Varios fueron los principios “técnicos” que dirigieron todo su accionar; uno de ellos, sobradamente claro, establecía que “las consecuencias propagandísticas de una acción deben ser consideradas al planificar esta acción”. Realmente, un sociolingüista avant la lettre.
Pero más me interesa destacar algunos otros casos, y algunas otras cosas más cercanas aquí, y mucho más lejanas a los efectos nefastos de ciertos conocimientos técnicos sobre los efectos que tienen sobre la psique humana las causas lingüísticas de ciertos oradores. Y es simple; tanto, que a más de un lector no se le habrá escapado el detalle: qué grande y qué profunda es la pobreza de la comunidad política argentina de estos últimos años en materia discursiva. Quizás el problema, el dilema sobre todo en vistas a las próximas y tan cercanas elecciones, no se deban tanto a la falta de ideas, de planes, de propuestas y de sujetos. Porque, aunque esas ausencias no pudieran resolverse, tal vez nadie las vería como tales o a muy pocos les importaría si los pobres candidatos siguieran siendo pobres candidatos pero, a la vez, ricos oradores. Mucho más allá de las adhesiones o los rechazos, de los gustos y disgustos, no dudo de que la popularidad de la actual Presidenta se debe a su capacidad discursiva; incluso en todos los casos en que se desempeña como lo hace sin discursos escritos. Hace pocos días, confirmó su candidatura para las próximas elecciones con un giro discursivo magistral: lo dijo sin decirlo. En su discurso por Cadena Nacional, Cristina Fernández se limitó a decir, y a repetir, textualmente: “nuevamente vamos a someternos a la voluntad popular”. Mientras otros aspirantes a candidatos riñen con el lenguaje y se cruzan palabras que sobran, un simple gesto, un hábil enunciado dijo e hizo mucho más de lo que dijo. Queda hecha la invitación a desglosar todas las implicaturas que se desprenden de aquella frase. Mientras tanto, la queja reiterada por la falta de debate, es tan vana como parece ser vano seguir esperando que entre los aspirantes queden elementos dignos de discurso.

lunes, 20 de junio de 2011

Felices

Dicen que lo son; lo afirman, a veces, con esmerada convicción. Lo repiten. Y hasta lo difunden. Pero, ¿quién les va a creer? Apenas un enunciado, poco de verdad. Son unos inconscientes, ciegos, sordos, insensibles… Se burlan de nosotros, ¿qué saben realmente de vivir en este mundo?
Convengamos que nunca han sido héroes, excepto en las comedias o en las sátiras, donde ganan simplemente porque logran ser los más ridículos. En los demás órdenes de la vida, de lo real, los felices no tienen protagonismo. De vez en cuando ganan en la juglería, en la mofa, en la representación deforme de lo real. Pero no son gente seria, no pueden: se ríen, y eso no es de gente, no debe ser; no debería…
Es que la historia cultural de Occidente da claras muestras de ello, y reiteradas moralejas al respecto: no te entretengas en el camino; no te rías de tus errores, debes pensar seriamente cada paso que vayas a dar; no te distraigas, no te lo tomes a la ligera; has de mantenerte recto y fuerte; muéstrate siempre estoico ante los demás, firme; no hagas el ridículo, debes lograr que los demás te tomen en serio; si en semejante ocasión, y ante tamaña decisión, llegas a reírte, sólo has de lograr tirar todo por la borda. Que no se rían, o serás un fracasado más. En fin, los felices y los hedonistas no han vencido. Será por eso, tal vez, que nuestros referentes y nuestros dioses siempre se ven y han de verse ante nosotros con pulcra solemnidad, serios, altivos, allá arriba en las alturas inhumanas del ejemplo recto, sólido, de lo moral. ¿Quién ha visto alguna vez a Napoleón agarrarse el costado en un ataque de risa? No, su constante sostenerse el hígado sólo se debió a la bilis derramada en sus batallas. ¿Quién ha aprendido de un mártir a ver sus luchas con una sonrisa de costado? No, sus logros son consecuencia y causa de las lágrimas y el dolor. ¿Quién habrá podido aprender de un dios que baile y se ría? Algunos paganos quizá, desvergonzados creyentes de cosas vanas. Lejos de establecer una defensa de los orientalismos o la falsa fe, y muy lejos de desmerecer las penas por las heroicas gestas, bien vale, creo, el mínimo gesto de observar cómo en otras latitudes -del mundo, del pensamiento, del hacer- existen figuras paradigmáticas, sagradas incluso, que se representan danzando, riendo, cantando, bebiendo, comiendo, y hasta gozando de los confines del cuerpo. En cambio, nuestros dioses, occidentales, cristianos, suelen ser  más bien serios, felices pero asépticos. Curioso, por lo menos.
¿Por qué será que un gran porcentaje de la población mundial, a lo largo del irrefrenable devenir de los tiempos, se ha guiado por referencias tan duras, tan dolorosas, con tanto peso sobre todo lo posible? A ver, busquemos en los orígenes, que suelen explicar o por lo menos ejemplificar con suficiente claridad nuestros  motivos.
La comedia, que probablemente nos pesa y sin dudas nos distrae, no es culpa ni creación nuestra. La inventaron nuestros abuelos, pulcros y sabios, y griegos. Por supuesto que ellos sabían disfrutar, gozar; entre otras cosas, también han sido maestros en las artes de los placeres, de los más básicos, de los más fundamentales. Inventaron y veneraron a Eros, adalid del cuerpo y sus roces, dios de los placeres. Inventaron también a Dionisio, dios de la inspiración y simultáneamente dios del vino; padre y honrado destinatario de las fiestas dionisíacas, de las bacanales, de los carnavales. Pero así como crearon los simulacros y las bellas ideas, los griegos también fueron inventores del teatro. Es decir, configuraron la realidad, le dieron forma, la moldearon; y a la vez, enseñaron y perfeccionaron el delicado artificio de cómo, por qué y para qué representar la realidad, la sombra, el reflejo de lo que es. Y hubo dos maneras: por el camino de lo trágico, y por la vía de la risa. Para la tragedia, todas las glorias y los olivos. Ésa forma del teatro fue la herramienta vital, fundamental, para formar y educar a los gobernantes, a los nobles, a la gente de bien, a los ciudadanos, a los más humanos de los humanos. Y se sostuvo en un solo y firme principio: entretener, pero para educar. ¿Y sobre qué educarían con el ejemplo doloroso, sufrido y sacrificado de los héroes trágicos? Sobre las verdades de la vida: sólo doliendo y muriendo podrás pagar tus faltas, no hay ni habrá otro modo. Para los reidores, en cambio, el destierro, o desenfreno de unos pocos días al año; unos pocos días de perdón, de comprensión displicente, de indiferencia. La comedia siempre fue un género menor, porque se ocupó de representar los aspectos poco serios de la vida. Sus protagonistas fueron siempre humanos no tan humanos sino más bien bestias; criaturas torpes, deformes, ridículas, que poblaron los espacios públicos –nunca los anfiteatros- con el único y poco útil propósito de divertir. Y en esos escenarios rodeados de la vida común, donde nada podía ni debía ser sagrado, los cómicos representaron a sus reyes y sus héroes riendo, cantando, besando,  equivocándose, borrachos, enamorados, desengañados, divertidos, mal vestidos, mal hablados, desmesurados, panzones, mostrando los dientes con la risa. Al final, y durante siglos, el rey del carnaval siempre fue el más deforme entre todos. Y nunca, está claro, fue un héroe ni sirvió de ejemplo para nada ni nadie.
Al final, los cómicos y los dramaturgos que escribieron comedias, no sólo no fueron tomados en serio por la polis; tampoco fueron respetados y terminaron siendo desterrados, pues no había espacio para la alegría allí donde debían cocinarse cosas serias. Ciertos mitos de la antigüedad de Occidente insisten en sospechar que se conservan pocas comedias no porque se hayan perdido accidentalmente en el ir y venir de los acontecimientos; dicen, en cambio, que sólo queda un puñado porque el resto fue eliminado, destruido. Los alegres, los felices, no han sido héroes, han sido más bien rebeldes; ¿o los rebeldes han sido felices?
Cuando llegó el momento de las escuelas, muchos niños aprendieron (aprendimos) a sentarnos erguidos, a que no se nos note nada ante la autoridad implacable del profesor. La letra debe ir armónica en su dibujo, redondeando y estirando los trazos para que quepa en el renglón. Los distraídos, fueron, son, castigados con alguna repetición para grabarse la lección, la atención, la tarea, el deber. Las universidades enseñan aún a respetar y honrar el saber. Un profesional debe mostrarse serio ante los demás para ser respetado; un profesor que ríe es un profesor que no sabe enseñar: pierde la claridad, la materia, el respeto de sus discípulos. Los jefes deben hacer esfuerzos por no demostrar emociones ante sus subalternos, si no quedan estancados en ese espacio de allí abajo, pues las alturas no se recuperan si hay debilidad. Y si hay humor, qué va, demasiada distensión y mucha distracción que redunda en poca productividad. El ensamblador aprende a no perder un centímetro de estrés, porque toda una cadena productiva depende de ese malestar constante que se llama proactividad.
Y ahí están los terapeutas, haciendo ganancias en las empresas vanguardistas que dan talleres de risa para distender a sus empleados. Y los terapeutas que abren, generosos, sus consultorios para que podamos, por fin, llorar, descargar,  sacar, desahogar, vaciar. Pero también están ahí los artistas que entienden que la alegría también puede ser creación. Y los que leen y escuchan y observan con una sonrisa de costado o con el osado afán de una risa abierta de mandíbulas, aprendiendo del placer. Sienten. Se animan. Lo consiguen. Se plantan en el cuerpo, con los placeres y las ideas. No son héroes, o quizás lo sean en su particular modo de entender sus vidas; sin pudor a ser felices, se equivocan y no se mueren: se ríen. 

domingo, 22 de mayo de 2011

Las Antípodas (y nosotros)

Durante un largo tiempo y hasta hoy, el concepto ha resultado de gran utilidad en varias áreas del conocimiento y la acción humanas. Muy productivo en la geografía, en la historia, y por qué no en la sociología. Aunque no quedó ausente en la psicología, cada vez que se trata de bipolaridades, redundantes psicosis o esquizofrenias. La esperanza de que deje de ser tan explicativo de nuestras conductas, por ahora permanece en el polo opuesto a las expectativas que la realidad ofrece.


El bien y el mal, ellos y nosotros, uno y los otros; nosotros y los otros. Aquí y allá,  Razón y sin-Razón, Razón contra Imaginación, versus lo incomprensible, lo inexpresable, la locura. Oriente y Occidente; cerca, lejos; el orden y el caos.  Luces y sombras, lo pro y lo anti, las ideas y las cosas. Paraísos e infiernos: tierra, civilización y barbaries. Osamas, Obamas. La guerra y la paz. Tantas y tan pocas las contradicciones. Y siempre, las antípodas. Desde que el hombre es hombre, todo conflicto tuvo su origen en una misma, breve, inocente idea: ellos y nosotros.
Como adjetivo, el término refiere a cualquier habitante o lugar que se encuentre situado en un punto diametralmente opuesto a otro tomado como referencia; geográficamente hablando, podríamos decir: “nosotros, y aquellos africanos antípodas”, o bien “nosotros, y aquellos norteamericanos antípodas” (en este último caso, un porcentaje de la población debería dejar de lado ciertas aspiraciones, o reemplazar alguna palabra por el bien de sus deseos de ser).
En otro sentido, aunque conservando el significado esencial, también se dice así de toda persona o cosa que esté en una situación radicalmente opuesta a algo o alguien. Por ejemplo, “abandonó todas sus ideologías y promesas, cuando llegó al poder se transformó en las antípodas de lo que decía ser”; las ilustraciones del caso quedan a libre elección.
Por cierto que, al momento de hablar de ideologías y especies semejantes, el término en cuestión sirve para marcar las diferencias tajantes e inconciliables entre mundos de ideas, por supuesto, contrarios. Dícese así, entonces, de cristianos y musulmanes como antípodas, de capitalistas y comunistas, de liberales y conservadores, de peronistas y radicales… Y según cómo se escriba o se enuncie, a uno de los bandos le tocará el privilegio de la verdad mientras que otro caerá en el fangoso mundo del error eterno: lo que está en las antípodas de lo que defendemos es aquello que jamás podrá parecerse a nosotros. Una vez más, está más claro que todo conflicto humano nace de una misma, breve e “inocente” idea: ellos y nosotros.   
A los que nacen, viven y mueren en el extremo opuesto a donde nosotros estamos parados en el mundo se les llama también “periecos”, además de antípodas. Los lenguajes han estado siempre a la orden del día para adornar ciertas cosillas incómodas, dígame acaso si ese último mote tan parecido a “perico” no suena más simpático que algo que viene con el “anti”, ¿no? En fin, que la cuestión de fondo permanece igual. El perieco es más usado en la geografía, donde la palabra “antípoda” proviene del prefijo griego “anti” (opuesto) y el sustantivo “pous” (pie). Es decir, las antípodas son la síntesis de todos aquellos puntos donde no estamos parados; refiere apenas a una circunstancia y bien podría resolverse con un poco de movimiento, si fuésemos capaces de corrernos un cachito al menos de nuestros techos conocidos y, por ende, seguros. No hace falta atravesar un hemisferio o un océano entero para conocer el sitio de nuestras antípodas, a lo mejor está a sólo un pasito, a un par de centímetros de nuestra nariz. Pero, como sea, toda identidad que se haya construido siempre se fundó por oposición a lo que no somos. Una vez más, y una más, todo conflicto se desencadena y se multiplica con una misma, breve, ignorante suposición: ellos y nosotros. Y vea cuántos ejemplos cotidianos existen al alcance de la mano, si hasta en las más felices y exitosas parejas los desencuentros se producen porque él o ella “no se pone en mi lugar, es incapaz de comprenderme, ya no sé cómo explicarle lo importante que es para mí que ponga en su lugar el asiento cada vez que me usa el auto”, o “que se embrome, yo soy así, que me quiera como soy, no voy a vivir tratando de descubrir qué espera de mí”. Al final, sucede en casa y se proyecta al mundo por entero, y el desencuentro de las antípodas va arrastrando desde tiempos remotos, muy remotos, repetidos errores.   
Existe un error epistemológico que los humanos de este lado del mundo, desde que construimos la cultura occidental como tal hace varios siglos, venimos arrastrando. Oriente y Occidente, ellos y nosotros, con fronteras que fortalecer y con otras que derribar; cuando alguna vez América también fue la antípoda, pero una muy atractiva que ir a buscar y digerir. Históricamente, las sociedades humanas han aprendido a colocarse siempre sobre un margen de las cosas, en las antípodas de otro algo o alguien. De tal modo que la identidad y la acción se van dando en contra de y/o a favor de. Así emprendimos las sucesivas luchas con los otros, las conquistas, remozadas según la moda de los tiempos que corran…
En un principio el mundo quedó dividido a partir del divorcio que separó a dos reinos: el hombre y el animal; el ser humano se salió y se salvó de esa masa informe, inasible, ingobernable de la naturaleza. Del otro lado quedó el animal y todas las existencias bestiales que buscó doblegar o eliminar. (Bien vale recordar que fuera de ese reino privilegiado también quedaron las mujeres durante largos siglos, acusadas de ser criaturas sin alma ni Razón).
Pero también existe un error político y ya casi folklórico: todas las ideologías que se encuentren en las antípodas de la que se cree “verdadera”, no merece ser llamada tal. Está condenada al error y la exclusión. Debe cambiar; y si no puede, debe desaparecer. Claro que con una pizca de flexibilidad, es bien claro que todos somos Montescos y Capuletos.
Y por si fuese poco, existe un error humano fundamental: haber permitido que la contradicción y la oposición formen la médula de nuestro carácter. Claro, nadie sabe a priori lidiar con lo que no conoce, o con todo lo que rechaza por raro y porque asusta. Es algo normal, todos los animales somos cuidadosos al momento de salir a husmear por zonas desconocidas. Instinto de preservación, que le llaman. Aunque ser ciegos y sordos no nos garantiza la paz y el bienestar. 
Pero estamos aquí, refugiados en nuestra pequeña orilla que hace de trinchera: ante el riesgo de vivir a tientas sobre un mundo que se parte -que está partido- continuamos transmitiendo de generación en generación la peligrosa tendencia de creer que allí, en las antípodas, están los otros, las guerras, los equivocados, los pobres, la anormalidad, la amoralidad, el peligro, lo indeseable. Aquí, nosotros, en las antípodas de aquéllos.
¿Será cierto que nunca es tarde para enmendar los errores? ¿Será cierto que los seres humanos queremos, podemos, vivir relaciones sin conflicto, en un mundo sin conflictos? ¿De qué nos sorprendemos cada vez que alguien descubre que vivimos en una sociedad bipolar?

domingo, 1 de mayo de 2011

Fieles (fumando espero...)

"...Fumar es un placer

genial, sensual.
Fumando espero
(a quien) yo quiero,
tras los cristales
de alegres ventanales.
Mientras fumo,
mi vida no consumo
porque flotando el humo
me suelo adormecer..."
(tango  Masanas/Garzo, 1922)


No, no hay ninguna soledad en el asunto. ¡Al contrario! Somos más de mil trescientos cincuenta millones en todo el mundo. Es cierto, la mayoría vive en China, allí hay treinta de cada cien que andan por el resto del planeta. Se habla tan mal de nosotros últimamente, y cada vez tenemos menos espacios donde hacer eso que nos encanta. ¿De qué se espantan? Dejando de lado a los niños, todos los seres humanos de este mundo son adictos a algo, no sólo nosotros.
Como le decía, la mayoría de nosotros vive en China: una tercera parte del total, trescientos millones de personas. Nada despreciable el porcentaje, especialmente si se tiene en cuenta que allí se encuentra apenas una parte del potencial: las mujeres casi no participan, la práctica es más bien de dominio masculino, por lo que la franja poblacional femenina resulta cada vez más tentadora. Hacia ellas vienen apuntando todos sus esfuerzos hace tiempo.
En Argentina no venimos tan mal, sumamos casi el cuarenta por ciento de la población; algo parecido a lo que sucede en Brasil, Chile, Uruguay y Paraguay. El detalle es que el treinta por ciento, más o menos, es gente prometedora: con edades de entre trece y quince años, son la franca promesa de que la práctica siga viva cuando varios de nosotros ya no estemos por aquí. Por eso, como decía antes, ¿de qué se espantan? Por cada cinco habitantes del mundo, uno es como nosotros. Entonces, ¿para qué corrernos, si siempre vamos a estar dando vueltas por ahí? A menos, claro, que se pretenda vaciar gran parte de la Tierra. Pero incluso si eso fuese posible (es cierto, lo sé, es posible, y mucho más fácil y rápido de lo que uno quisiera) de algún lado y de algún modo volveríamos a aparecer.
Así que, ¿para qué tantos esfuerzos vanos? Estamos, y estaremos. De alguna manera, siempre estuvimos. Según dicen, cada año mueren por lo menos doce mil de nosotros; algunos calculan que son cien de los nuestros que caen a diario. Con algunos números de más o de menos, fíjese: somos famosos y reconocidos por esto o por aquello, aunque no le gustemos a casi nadie. De hecho, hace un buen tiempo ya que estamos en boca de todos porque se nos achacan otras seiscientas mil muertes al año, digamos, la muerte de casi el uno por ciento de los fallecimientos de la población mundial anual es responsabilidad nuestra. Para oscurecer todavía más el panorama, insisten en afirmar que somos culpables de que ciento sesenta y cinco mil niños mueran en el mundo cada año. En este punto, me veo forzada a aclarar que nuestra práctica no se relaciona con el uso de armas o la experimentación con algún tipo de método letal. No, no. Insisto, apenas un gusto en particular nos diferencia del resto de los mortales; de todos esos que, a su vez, se distinguen de nosotros por tener y conservar y mantener y estimular el gusto por alguna otra cosa. Así que, convengamos, puede ser que no sea la primera vez que el hombre y la mujer se conviertan en víctimas de sus costumbres.
¿Quiere saber qué hacemos? Cierto, el hábito muchas veces es distractivo, uno se entretiene de golpe con algún estímulo que aparece. Mire, la verdad, a esta altura de la soireé, no sé qué hacemos, no sé qué hago, ni por qué ni para qué. Pero dejar de hacerlo, después de más de quince años de práctica apenas interrumpida, me complica la vida: cuando no lo hago, no me reconozco, todo es extraño y no sé ni dónde estar ni qué hacer conmigo.
Le confieso algo, hace muchísimo tiempo que estoy queriendo salirme del club, pero se me complica. Arranqué a los diecisiete, y desde entonces dejé de fumar dos veces. La primera vez fue un abandono sostenido de un año; la segunda, de unos meses nomás, hasta que el desamor me empujó a volver a la vieja y constante compañía que en verdad me calienta los pulmones. No tengo problemas de salud, por lo menos nada alarmante, nada que no sea más o menos común. Pero no por eso quiero abandonar otra vez. Quiero hacerlo por muchas razones, pero la peor dificultad es transitar la compleja y contradictoria situación de transformarme simultáneamente en amiga y enemiga de mi cuerpo por un tiempo indeterminado. Y de mi cabeza, por cierto.
¿Por qué hacerlo? Bueno, principalmente porque ya casi no hay disfrute en ello. También porque como toda mala costumbre, llega un momento en que empieza a hacer mella en uno. Por mi propio bienestar, físico, mental, general… Pero, por sobre todas las cosas, porque (aunque aún no lo he logrado por completo, pero los intentos bien valen) me significa un enorme gesto de libertad: no quiero, me rehúso a ser una más de los cientos de millones de seres humanos que mueren de cáncer, una enfermedad que, como varias otras en auge, prospera y prospera gracias a los estímulos que se le plantan con las cosas que hacemos y no elegimos hacer.
Muchos componentes de los alimentos que consumimos a diario, de las bebidas que tragamos cada día, también contienen muchos y muy distintos ingredientes que ignoramos absolutamente; justamente esos, por supuesto, son los que suelen producirnos el enorme gusto por comer o beber tal cosa, y son precisamente ésos los que nos dañan lenta, silenciosamente, pero sin pausa. Pero hay cosas, casos, que se pasan de la raya, demasiado: cada vez que me fumo un cigarrillo rubio común, me fumo por lo menos cuatro mil sustancias que nunca supe ni me avisaron que estaban ahí. Pero me encanta, ¿o no? ¿No es por eso que siempre quiero más? No sólo de nicotina y alquitrán vivimos los fumadores. Cada día nos fumamos, además, una cantidad de: amoníaco (eleva los niveles de ph en el humo del cigarrillo, generando altos niveles de "nicotina libre" que puede absorberse más rápido), acetaldehído (trabaja con la nicotina con el fin de incrementar la adicción), acetona (solvente tóxico), arsénico (como en el veneno de ratas), cadmio, monóxido de carbono, formaldehído (conocido como un “fluido embalsamante”), mercurio, nitrosaminas, plutonio-210 (radioactivo y cancerígeno), metano, butano, cianuro, benzeno, radón, ácido acético (como en la tintura del pelo), ácido esteárico (como en la cera de vela), benceno (cemento de goma), cloruro de vinilo (muy típico en las bolsas de basura), estireno, fenol, hexamine (combustivo para parrillas), hidracina (típico en los combustibles), metanol (como en el combustible de cohetes), napthalenes (usado en explosivos y naftalina), níquel, polonium (radiactivo), tolueno (solvente industrial). Y por supuesto, el alquitrán, alma y gracia de todo este conjunto, se encarga de reunir los ingredientes y transportarlos a través del cuerpo. De tabaco, bien gracias, apenas de rellenito. Y la nicotina, presente en un porcentaje mínimo, fuente de deseo inagotable pues de ella provienen los dos efectos que nos tienen tambaleando a sus seguidores de aquí para allá por la vida: la adicción y el síndrome de abstinencia.
¿Por qué dejar de hacerlo? Como dicen muchos, de algo hay que morir… Sí, claro. Aunque, a ver, de algo vamos a morir, pero no de algo tenemos que morir. ¿Sabe? es la primera vez que escribo sin fumar. Le confieso que me ha llevado tiempo, porque más de una vez dudé entre tomarme una pausa para visitar el kiosco o seguir perseverando. En ocasiones como ésta me siento orgullosa de ser porfiada. Pero no sé hasta dónde llegaré. Lo cierto es que, más allá de lo que ocurra de aquí en más, al día de hoy llevo poco más de quince años de ser fumadora. Y uno cree que es lo suficientemente inteligente como para decidir qué se lleva a la boca: al final, el pececito más chico, adentro del pez más grande que se lo comió, es en verdad el depredador…

domingo, 17 de abril de 2011

Dosmildoces (más de 2012 cosas que deberíamos hacer antes del 2012)

Son tantas las teorías, como tantos son los pronósticos, las profecías, las versiones, las recreaciones. Desde el más crudo escepticismo hasta la ciega fe en el fin de los fines, pasando por el Apocalipsis al estilo Hollywood y el nuevo misticismo en astrologías recientemente famosas, el 22 de diciembre de 2012 viene despertando una variedad incontable de reacciones y creencias. Déjeme contarle algunos.
Es que me veo extremadamente tentada a ahondar un poco al menos en esta maraña de suposiciones que, desde diferentes ámbitos y disciplinas, intentan teñirse de verdad incuestionable. ¿Cuántas veces se ha dado, en la historia de la Humanidad, semejante exposición de teorías sobre una misma cosa, disputándose todas ellas el trono de la Verdad? Hay hitos históricos fundamentales marcados por esa característica actitud. En todos ellos siempre estuvo presente, también, la puja entre razón científica y razón popular; tildando a esta última, en general, de patraña. Hitos que se abrieron paso en un contexto de desconcierto generalizado a la par de los grandes cambios y las grandes crisis, del humano y de todo aquello donde el humano mete los dedos. Imagínese: la Humanidad ha invertido siglos en discutir sobre el sexo de los ángeles, o devanándose los sesos y los discursos queriendo averiguar si, como los hombres, las mujeres eran poseedoras de un alma, o no. Ni qué decir entonces, acerca de cuántas veces la Humanidad se ha visto acorralada entre profecías y anuncios de que el mundo acabaría y que, de un día para otro, algo espantoso arrasaría con todo lo existente.
En 2010 años, pestes y guerras se han transformado en feroces amenazas que han hecho suponer que el fin de los fines, finalmente, lo devoraría todo. De todos, el siglo XX fue el que experimentó más hechos espectaculares en torno a esa amenaza sombría y también en cuanto a las respuestas que algunos grupos de personas tuvieron ante la firme creencia en el fin inminente. Sin dudas, la avanzada de la tecnología sobre la vida común de más y más individuos tuvo una influencia determinante. Si a eso se suman las diversas formas en que se fueron filtrando en el imaginario colectivo las polémicas e investigaciones acerca de la vida extraterrestre y las conspiraciones internacionales, nos encontramos con numerosísimos ejemplos de cómo al ser humano le suele resultar mucho más simple y espontáneo rendirse a su propia desesperación y desmesura que detenerse ante los hechos y sopesar daños y perjuicios, riesgos y soluciones.
Unos pocos ejemplos. En noviembre de 1978, un autodenominado pastor del Templo del Sol, condujo a 914 personas desde Estados Unidos hasta Guyana (donde, según su propia doctrina, la Tierra se convertía en el Paraíso) para llevar a cabo un suicidio masivo basado en la  creencia de que él y sus elegidos ascenderían así a otro nivel espiritual; quienes no bebieron el jugo de frutas con cianuro, fueron asesinados. En enero de 2000, cerca de 600 personas fueron víctimas de un suicidio masivo en Kanungu, Uganda; sus líderes habían predicho que el mundo acabaría el 31 de diciembre de 1999, todos murieron sobre la fe de que la Virgen María los llevaría al Paraíso.
A lo largo de estos últimos años, la información llega cada vez de forma más manipulada y desmedida a los seres humanos, y vivimos cada vez más saturados de información que no sabemos de dónde proviene, en qué consiste ni qué hacer con ella. Además, todo hace prever que los seres humanos seguiremos siendo, pese a todo, igual de sensibles a nuestra propia finitud, especialmente cuando vivimos en un tiempo ya habituado a repetir y reelaborar el concepto de “crisis”. De eso, entre gripes y caída de Bolsas, tenemos sobrados ejemplos sólo con el año que pasó.        
Ahora bien, dejando esas a un lado, bien valdría creer que las únicas crisis ante las cuales hasta nuestro más firme escepticismo debe rendirse son aquellas que ocurren sin que haya poder humano capaz de detenerlas. Baste una sola palabra como ejemplo máximo y reciente: Haití. Claro, llegada al siglo XXI, la Humanidad ya trae bastante digerida la idea de la invasión tecnológica sobre la vida cotidiana; tanto, que se ha vuelto declaradamente incapaz de sobrevivir fuera de ella. Los rumores de conspiraciones internacionales secretas siguen su curso, sólo que han cobrado una nueva forma: la de la guerra entre los ejes del Bien y el Mal, con algunas naciones de un lado y otras del otro, unas cargando con la pobreza, y otras con sus ventajas. Pero se nos suma un nuevo elemento, protagonista ahora de nuestros más íntimos terrores: los desastres naturales. De hecho, hasta en algunas novelas de la tarde los argumentos se tejen en torno a villanos y héroes que matan y mueren por quitarse o quedarse con tierras que conservan tesoros de agua subterránea. Si las cosas son así, pues la guerra por el petróleo irá cediendo ante la guerra por el agua y el alimento. En última instancia, el punto último al que hasta ahora hemos llegado como especie nos verá regresar a nuestra etapa más primaria. Y ante estos rumores, ante estos hechos, ante estos terrores íntimos o colectivos, otra vez nos vemos en el umbral de una nueva Gran Tribulación.    
Quien más, quien menos, todos hemos oído algo acerca de esa fecha: 22 de diciembre de 2012. Esa que indicaría el fin definitivo de los tiempos, luego de tantos intentos fallidos. Esta vez, la información llega desde tantos ámbitos como se pueda imaginar. Todos coinciden en la existencia de “una verdad”, el fin del mundo y sus irreversibles causas, y “una salvación”, con una larga lista de consejos sobre quién se salvará y cómo podrá hacerlo. Veamos.
La “verdad”, predicciones “científicas” que hablan de que en 2012 la Tierra se alinearía con el Sol y este, a su vez, con el centro de la galaxia, un agujero negro, creando un umbral por el cual nuestro planeta atravesará e invertirá las corrientes magnéticas de sur a norte y viceversa, también forzaría a modificar la dirección de rotación de la Tierra. Así, no sólo el sol saldrá y se pondrá desde los lados opuestos a los que estamos acostumbrados; un gran desastre mundial tendrá lugar, con tormentas solares incluidas. Como avisó Nostradamus, la nueva era de destrucción/salvación se debería al ingreso en la “constelación de Ofiuco”, en alineación con el centro de la galaxia. Como alertó el autóctono Paraviccini, “llegará el sol al ensombrecido mundo, cuando el sol haya regresado del humo de los tres días. Humanidad vencida. Cataclismo. El cataclismo será predicado, mas nadie lo creerá, pero llegará”. En otras palabras, aseguran que serán los diez días de tribulación del Evangelio de Juan. Los círculos dibujados sobre los campos de trigo irán mostrando el modo en que el Sistema Solar se reacomodará. Se trata del “Punto Cero” anunciado también por el I-Ching, o previsto por la llamada “resonancia Schumann”. El fin de nuestro “ciclo cósmico” anticipado por los mayas en su calendario, que culminará con numerosas erupciones volcánicas, terremotos violentos, tornados, increíbles inundaciones. En ese día final, la corteza terrestre se quebraría y partiría a Europa, Asia y África. Todo eso sucederá en un día. Llamativamente, la salvación será posible para todos, menos para los escépticos; así se advierte, de diversas formas, en cualquiera de las fuentes que consulte. Y con algunas variantes, la frase en colores es siempre la misma: “Si está leyendo estas líneas, es que ha sobrevivido a varios fines del mundo. Pero no se confíe. El próximo está cerca”.
También nos hablan sobre la salvación y las “zonas seguras”. Dicen que los continentes se desplazarán. Predicen que en nuestro país las costas serán azotadas por tsunamis, que la Capital Federal sufrirá una gran tormenta de rocas y, horas después, desaparecerá todo rastro de tierra que esté a un nivel menor de los 500 metros sobre el nivel del mar. La Patagonia será un lugar de calma, pero no las zonas desfavorecidas del Noroeste y Centro del interior. Los “criterios para sobrevivir” advierten que las señales de alarma serán de última hora, por lo que hay que entrenarse desde hoy para realizar evacuaciones inmediatas. Habrá que residir por lo menos a 400km de distancia de las costas, a 500 o más metros de altura sobre el nivel del mar, a 200km de cualquier planta nuclear, a 300km de zonas volcánicas o sísmicas, en sitios de rutas seguras y accesibles, con tierra sin vegetación para evitar incendios, pero con suelo fértil y agua potable, en lo posible cerca de algún pueblo o ciudad. Se aconseja, para los más previsores, ir construyéndose un búnker de a poco y a conciencia, con botiquines y alimentos.
La verdad, por ahora no decido si preparar o no mi valijita, si liberar antes todos los instintos que no liberé hasta ahora o aguardar castamente la salvación. No tengo idea de si existe en el mundo un lugar tan bueno como el que describen, pero quizá haya que ir antes de que todos los demás se enteren, ¿no? Porque, al final, parece que una vez más la Humanidad coincide en que es mejor conservar la fe en el infierno del que deseamos salvarnos, que poner el esfuerzo en hacer del mundo un lugar para vivir.

miércoles, 13 de abril de 2011

Vidas (celebración y movimiento)

Dicen que fue por generación espontánea, por casualidad, por azar o accidente. Dicen que fue por los vaivenes del clima, por respuesta a un estallido magnífico, por capricho o por necesidad. Dicen que es por simple combinación de física y química. Dicen tantas cosas que, al final, dicen que dicen que simplemente sucede…

Porque casi cuatro siglos antes de Cristo se creía que la vida respondía, en su origen y su devenir, a un efecto espontáneo de autogeneración. Algo así como una acción transformadora capaz de dar vida a lo inerte. Una rara cadena de mutaciones capaz de hacer que los pulgones surgieran espontáneamente del rocío que cae de las plantas, o las larvas de la carne, o los ratones del heno sucio, o los cocodrilos de los troncos en descomposición depositados en el fondo de las oscuras y densas masas acuáticas. Por entonces, ésa era la verdad. Y una verdad, además, patente e indudable. La vida simplemente sucedía, fabricada por sí misma, espontáneamente. El fundador de esta teoría, nada menos que Aristóteles, fue al mismo tiempo fundador de gran cantidad de los principios y creencias que formaron la base del pensamiento occidental. Ideas y valores que formaron, asimismo, una visión del mundo; difundidas y popularizadas hasta crear el llamado “sentido común”, mezcla heterogénea de perspectivas, hábitos y sabidurías corrientes y compartidas por muchos, o casi todos. Aunque, sin dudas, tal como sucede con la vida, inevitablemente sujeta al devenir y al cambio, esta concepción también mutó. Qué llamativo es observar, gracias a la mirada en perspectiva, cómo el tiempo logró quitarnos la apreciación mágica, casi poética, del fenómeno de la vida.
Porque, tiempo más tarde, ya había varios juntando fuerzas y argumentos para derribar la maravillosa idea de que, sencillamente, “si juntamos con trigo la ropa que usamos bajo nuestro atuendo cargada de sudor, en un recipiente de boca ancha, al cabo de veintiún días cambian los efluvios penetrando a través de los salvados de trigo, transmutando éstos en ratones”. Porque la magia, o simplemente la mera creencia, cedió ante la sospechosa existencia de que tales cambios se debían a la acción de misteriosos agentes invisibles: “errores vulgares” de la fe que no tardaron en recibir el nombre de “microorganismos”, “protozoos” o “bacterias”. Desde entonces, entendemos que todo lo que vive viene de otro ser vivo preexistente. Desde entonces, la cuestión pasa por saber de dónde surgió el huevo del que nació la primera gallina o, en otras palabras, cuál es el origen de la primera célula. Y de la espontaneidad y la poesía, nos mudamos a la especulación, microscopio en mano, fórmulas físico-químicas mediante.
Porque, al abrigo de los novedosos descubrimientos sobre astronomía y el origen del sistema solar a comienzos del siglo XX, ya se especulaba acerca de cuáles habían sido las condiciones para que surgiera ese primer y mínimo sistema vivo. En 1930, Aleksandr Oparin formuló la hipótesis según la cual una atmósfera sin oxígeno y la luz solar permitieron la creación de una “sopa primitiva” de moléculas que, combinadas de forma cada vez más compleja, lograban disolverse en una única gota específica. Combinada y fusionada con otras, esa gota primera se habría reproducido hasta fortalecerse y asegurar su propia supervivencia. Aunque, si de supervivencia se trata, quizás nada haya sobrevivido tanto como la propia pregunta que, en la extensa cadena de hipótesis y respuestas, aún pervive: si un ser es generado de otro ser precedente, ¿cómo surgió el primer ser? Y en la también extensa cadenas de vidas que la propia vida ha ido ligando y enlazando, entre todos aquellos que de un modo u otros nos preguntamos qué es, en qué consiste, cómo es eso de la vida -y, acaso, de vivir-, vamos viviendo subidos a un ir y venir de ideas y demostraciones que, al contrario de la vida misma, parece no tener término ni fin.
Porque, puestos a averiguar el origen del origen, siempre hay algo más por indagar, una pregunta más por ahondar, un deseo diferente que colmar, un algo más que pensar y, sobre todo, que imaginar. Porque, para que el primer ser naciera, se formara y reprodujera, y eventualmente evolucionara, por supuesto necesitaba otro algo que habitar. Toda vida, indefectiblemente, debe ser recibida por algo, por alguien, para ser. ¿Y dónde fue que pudo habitar, ser recibida, ese primer aliento de ser llamado “célula”? Pues en eso que llamamos universo, y luego galaxia, y luego Sistema Solar y luego planeta. Otra cadena de vidas dentro de vidas con tan diversas explicaciones como preguntas que jamás se satisfacen del todo.
Porque tendemos a creer que el universo donde vivimos es hijo de una gran explosión ocurrida hace unos quince millones de años. Descendiente de un Big Bang desde donde la materia salió expulsada anárquicamente, en pluralidad de formas y direcciones. Los choques y el desorden, más una cantidad de motivos no esclarecidos, lograron conformar las primeras estrellas y galaxias, en una vía evolutiva que aún continúa y que nos depositó en un minimísimo punto. Así dicen que fue, los que sostienen que es matemáticamente correcto y adecuado creerlo. Pero, obviamente, para que ese ser denominado “universo” surgiera también necesitó de otro ser que lo antecediera. Así que suponemos que una extraordinaria fuerza gravitatoria generó un empuje tan intenso como para formar un agujero negro, que logró atraer hacia sí toda aquella materia separada y difusa que lo rondaba. Así dicen que fue, cuando toda la materia, la energía, el tiempo y el espacio coincidieron en un punto. Cuando no había ni “adentro” ni “afuera”, ni “antes” ni “después”.
Porque, según parece, es premisa de toda vida tener un algo, un alguien, o algún lugar que le sirva como horizonte hacia donde dirigirse. Porque, según parece, es condición de toda vida mantenerse ligada a la acción y el movimiento. Cápsulas que abren cápsulas, unas dentro de otras hacia un destino incierto. Llevadas, todas, por la fuerza de una atracción que las transforma. Del agua a la célula, y de la célula a los pequeños organismos; de ellos hacia otros más complejos y más grandes. Dando saltos vertiginosos hacia encarnar en seres tan diversos, pero todos ligados en un único y mismo motivo o movimiento: la voluntad de vivir. Abriéndose paso y camino en la maraña de las especies, las clases y las razas. Tan diferentes todos, los seres, en la superficie; y tan semejantes en el fondo.
Porque, si siempre es preciso contar con la comprobación científica para creer y salvarnos de la duda, numerosos estudios han logrado demostrar que los seres humanos no somos los únicos capaces de experimentar sufrimiento o alegría. Mediante la observación de los campos energéticos se ha conseguido saber, finalmente, que las plantas y los animales manifiestan las mismas modificaciones que nosotros al sentir dolor, mutilaciones, al estar en contacto con el alimento u otros estímulos positivos. Porque entonces, tal vez, la evidencia de la vida radica justamente allí: no tanto en el pensar, formular, reformular y corroborar para creer en la prueba de que la vida está allí, sino la simple e irrefutable certeza de poder sentirlo.
Porque todo nos muestra que estamos vivos, aunque a veces no nos guste o lo dudemos. Aunque se sienta frágil la mayor parte del tiempo, sin saber cómo ni hasta cuándo, ni por qué o para qué. Porque todo aquello que nos mira y nos habita nos recuerda, inevitablemente, que la vida está ahí; que sencillamente sucede, y es.
Porque aunque toda vida sea hija de otra vida que la precedió, la absoluta certeza todavía ausente sobre el origen no nos libra de contar con la evidencia tangible de que estamos vivos, aquí y ahora. Aun cuando el hecho mismo de vivir insiste también en repetirnos la pregunta por el porvenir. Porque perseguir la duda también nos alimenta, aunque tal vez nunca sepamos qué hubo antes ni qué habrá después. Y en la extraña tarea de vivir, el transcurrir incesante de la vida va enlazando preguntas dentro de preguntas, respuestas dentro de respuestas, y vidas dentro de vidas. Hasta que, en el camino, cada vida individual se descubre como la suma de todas las demás: de las que vendrán y las que se han ido, de la propia y de todas aquellas de las que fuimos testigos directos o indirectos, de las que adoptamos y de las que evitamos, las que tomamos y dejamos. La suma de todas las vidas que no tuvimos, de las que desconocimos, y de las que acompañamos o nos acompañaron con absoluta libertad. La suma de todas aquellas que continúan; y de las que se fueron, dejando un espacio abierto para que otras vidas sigan su curso, habiten la vida y se transformen.

domingo, 10 de abril de 2011

Educadores (tantas formas de violencia)

Hace muy pocos días, se cumplieron cuatro años de la muerte del maestro neuquino Carlos Fuentealba. No es tanto el tiempo transcurrido, sin embargo, la fecha pasó silenciosa y tenue en casi todo el país. En las escuelas, nada se dijo ni se hizo. Apenas una muestra de las violencias y los olvidos que ya son parte de un sistema tan viciado como caduco.
Habían sido tales la sorpresa, la perplejidad, la impotencia y la violencia, que prácticamente todo un país se detuvo y prestó atención, al menos por unos momentos, a qué había sucedido, cómo y por qué se había provocado semejante muerte: de espaldas y a balazos, como si de un temible y escurridizo prófugo se tratase, como si fuese un reo cualquiera que escapa corriendo por delante de un gatillo y que no vale más que el disparo para detenerlo y por fin bajarlo. Y quizá lo fuese. Quizá sí haya sido un prófugo, una rara especie de rehén que se soltó y corrió a los gritos. En su carrera, pacífica y cargada de pares y compañeros,  escapaba de un sistema saturado de violencias que los encerró y les respondió redoblando la violencia; en sus gritos, y en los de todos los que iban con él, el simple y maltratado derecho a la dignidad, que tuvo como respuesta el final menos digno, el fusilamiento público, disfrazado de accidente por quienes tenían entonces el deber de ampararlo.
Con cobardía, con desidia, con negligencia, así se lo mató. Con prepotencia, con abuso de poder, con un arma, con todas esas armas. No era un reo, no era un asesino, era apenas un maestro. Tenía 40 años, una esposa y dos hijas; tenía ganas de ser docente, y de poder vivir mejor. No era y no es un héroe, era apenas un hombre.
Es cierto que todo sistema está cargado de ciertas violencias; a esta altura de los tiempos y las circunstancias, y ante la simple evidencia de los hechos cotidianos, negarlo sería mucho peor que pecar de ingenuos. En general, cada sistema es maltratado y violentado por sus propias condiciones, es decir, por todo aquello que lo hace ser lo que es. Parece un juego de palabras, u otro de tantos desafíos lúdicos de la paradoja; sin embargo, es así como está dado y es así como funciona. Lo mismo que los daña, es lo mismo que permite a los sistemas subsistir, aun cuando estén obsoletos desde hace largo tiempo. Aun cuando una vez cada tanto se carguen alguna muerte; y en el camino, una buena cantidad de heridos -física, psicológica, moralmente heridos-.
Una muestra simple del caso, y de lo que ningún mortal puede rehuir: el sistema financiero, planteado como una suerte de cárcel de puertas abiertas, del que todos desearíamos huir pero no nos evadimos, pues la sola idea de hacerlo nos plantea la exclusión más absoluta bajo las formas de la pobreza, el hambre o literalmente la muerte. Y no hay nada más terrible que eso: pertenecer a ciertos sistemas por el simple hecho de existir, con escaso o nulo margen de elección, creyendo de antemano que fuera de ellos no hay nada, nada se es. Pasa con todos los sistemas -y con los pretendidos “antisistemas”, que también lo son- en un mundo planteado y plantado tal como lo está; y el sistema educativo no es excepción, para nadie.
De alguna manera, a pocos años de haber ingresado en él, el sistema educativo también se transforma en una especie de “cárcel de puertas abiertas” para muchos docentes, tanto del sistema privado como del sistema público. Y por si acaso no resultase obvio, como supondría, vale aclarar que no se trata aquí de hacer una apología del docente como víctima a partir de una desafortunada anécdota de la historia reciente. Muy lejos de eso, y una vez más, es el intento renovado del desahogo y de contar las cosas como son.
Desde el comienzo del ciclo lectivo hasta hoy, muy breve lapso de tiempo por cierto, me ha tocado ser testigo o protagonista de varios tipos de violencia dentro del sistema educativo, en diferentes circunstancias. Una de ellas, cuyo escenario fue una escuela provincial en las afueras de esta ciudad, me llevó por las sucesivas etapas de la impotencia, la angustia, el dilema de sostener un cargo por la necesidad de un sueldo, la sensación de soledad y la amenaza de la exclusión, hasta optar por la renuncia. Un aula con algunos adolescentes, una convivencia signada por el maltrato y el malestar como condición natural, y una pelea cuerpo a cuerpo entre una alumna y un alumno que, sin otra alternativa, debí frenar y separar poniendo literalmente el cuerpo. Violencia física que enseguida se transformó en violencia de género al salir del aula y no lograr impedir que la pelea continuase de forma verbal con promesas de proseguir afuera. Violencia institucional estando sola con ellos en un pasillo sin un preceptor que acuda, contando apenas con algunos circunstanciales espectadores que sólo se detuvieron “a mirar”, observar lo que es común, sin sorpresas. Violencia institucional y hasta moral ante la llamada al director, máximo responsable, que en un segundo, en lo que duró el voltear mi mirada para mantener en vista a los alumnos, literalmente desapareció, se esfumó. Violencia sutil pero real, la de salir de la escuela sin saber qué ocurrirá después; violencia nada sutil y también real sabiendo que renunciar significaba “quedar al final del listado” en caso de querer luego tomar otro cargo, violenta forma de separarse de la violencia cuando uno se reconoce incapaz de resolverla a solas y sin herramientas, y cuando al mismo tiempo se reconoce plenamente incapaz de continuar allí dentro conviviendo con la violencia como si no fuese tal. ¿Qué hacer?
Se ejerce una violencia constante hacia el sistema educativo cuando ocurren cosas como éstas, sin que por eso los docentes ni los directivos ni los alumnos ni los auxiliares sean víctimas, porque no lo son. Todos y cada uno de ellos (de nosotros) no somos las víctimas, sino la consecuencia lógica de un sistema que de por sí se mueve torcido y a tropiezos, justificando su existencia en el hecho de sostener lo que, de hecho, es incapaz de sostener. Es incapaz de sostener alumnos bajo la promesa de un subsidio que premie su asistencia a “clases”, o la promesa parecida de una netbook que los llevó a inscribirse pero que jamás llega. Incapaz de sostener a un docente como tal cuando lo fuerza a encontrar formas cada vez más impersonales de relacionarse. O cuando, a pesar de concederles su derecho a la protesta, se los fuerza siempre a ceñirse a los estatutos y las normas, incluso cuando se llega a extremos fatales y deben, tienen el deber, de obedecer lo que el sistema que los alimenta les impone. No hace mucho, una colega debió continuar en su cargo en una escuela cargada de violencias aunque psicológica y físicamente no podía sostenerlo, y debió hacerlo porque en su caso (pre-titularización) la renuncia implicaba una penalización: la obligaba a no poder trabajar durante tres años corridos desde el momento de la hipotética renuncia, que no se produjo. Salvando las distancias y los casos, que son enormes, los docentes de Neuquén que extendieron la huelga por cincuenta días tras la muerte de Fuentealba, vieron en riesgo sus puestos de trabajo cuando el Gobierno llamó a cubrir sus horas con suplentes y funcionarios públicos de otras áreas. En 2007, en Neuquén las clases terminaron cincuenta días más tarde: los docentes debieron, tuvieron el deber, de “recuperar” los días de clase hasta bien entrado el verano. El sistema, como sucede siempre con el show, debió continuar...
Señores, hay cosas que jamás se recuperan. No se recupera una vida. No se recupera que en verdad se haya perdido. Y la dignidad dañada, apenas si puede emparcharse.