domingo, 27 de marzo de 2011

Desastres

Los hay de todo tipo: naturales, humanos, mundiales, regionales, previsibles, imprevistos, avisados, sorpresivos. Varios de los posibles ejemplos han ocurrido en los últimos días, y están a la vista del mundo entero. De alguna manera, se nos van transformando en un condimento de la vida común. Dentro de poco, o quizá ya mismo, no podremos ser capaces de vivir sin ellos.
Existe una patología cada vez más extendida entre los habitantes del mundo actual, y se caracteriza fundamentalmente por la incapacidad de vivir sin “estados alterados”. En cierto modo, reflexionar sobre este hecho -inobjetable, ante la simple vista de las evidencias cotidianas- podría convertirse en una tarea tan absurda como intentar averiguar de una buena vez quién vino primero, si el huevo o la gallina. Porque la inquietud que anima esta idea es similar: ¿es el mundo quien produce esta forma de vida alterada a la vez angustiante y placentera, o es nuestra necesidad cada vez mayor de vivir en medio de conflictos lo que hace al mundo tal como es hoy? Difícil de decidir cuál será la opción acertada; pero quizá, ambas cosas van de la mano, tan apretadamente que no tienen planes de soltarse los deditos ni por asomo.
Existe, por un lado, un extendido síndrome aún no formulado clínicamente por alguna disciplina científica, pero que todos conocemos por padecerlo al menos un rato cada día. Prefiero llamarlo “el síndrome de la carencia del algo”. Lo sé, puede sonar a filosofía barata o chamuyo de cafecito mediante, pero fíjese si no encaja. Este síndrome se caracteriza fundamentalmente por padecer una constante insatisfacción por el deseo de poseer o ser “algo” que suele no tener forma, pero que puede adquirir la apariencia de innumerables cosas. En todos los casos, suele suceder que si se identifica una de esas formas posibles como deseo genuino, el individuo va en busca de aquello y en algunas ocasiones tiene éxito y lo consigue; pongamos como ejemplo burdo, “quiero comprarme un auto”. Claro que no es cualquier auto: el verdadero deseo dicta características específicas para la supuesta verdadera satisfacción de esa carencia; tener un auto más o menos parecido al que imaginamos sería un error fatal, porque significaría el doble fracaso de no haber podido alcanzar lo realmente deseado y de haber tenido que conformarse con “lo que hay”. Llegado a ese punto, el individuo en cuestión vuelve a encontrarse en el mismo punto del que partió: el deseo insatisfecho y la urgencia, redoblada, por la carencia de ese algo que no pudo lograr.
Así entonces, se encuentra con dos alternativas: renovar la apuesta por la búsqueda del “algo” que nunca tuvo pero que perdió, o sustituir el objeto de su deseo para llenar de algún modo la ausencia de ese “algo” que le embroma la vida haciendo que ya desde hace tiempo esté somatizando de mil formas posibles.
Habrá sujetos que experimenten depresión, diversas clases de fobias, ataques de pánico, diferentes niveles de estrés, descalabros en la tiroides o en el funcionamiento cardíaco, problemas de atención y sociabilidad, inapetencia, pérdida de peso o de pelo, pérdida de ganas, inconformismo crónico y en aumento, búsqueda irrefrenable de estímulos para acrecentar sus dosis de adrenalina (una vez cada tanto, hasta que se vuelva una exigencia diaria), tristeza, malhumor, melancolía, entumecimientos o contracturas, alergias, tos, migrañas, inclinación a realizar actividad física intensa y sostenida, tendencia a echarse a ver el tiempo correr… Y tantas cosas más. Insisto, aunque pueda parecerlo, no es una broma; ocurre y nos ocurre. Y es que es así, simple, sencillo y claro: ¿cómo no experimentar todas estas cosas, si estamos mal porque no podemos vivir sin nuestro “algo”?
Ahora bien, a esta altura, atento lector, debe de estar preguntándose -y con gran razón- qué tiene que ver todo esto del “algo” y la carencia y las somatizaciones con los desastres planteados en el título. Bueno pues, muchísimo. No hace falta ilustrar mucho más la situación de las vidas individuales contemporáneas -que hacen al devenir de la vida colectiva tal como está planteada- para darnos cuenta de que, lisa y llanamente, así como transcurren nuestras vidas son, cada una, un pequeño e íntimo desastre. En todos nosotros habita la velada o explícita amenaza de algo -otra vez, “algo”- que tiembla, que amenaza con estallar, que se retuerce e incomoda, una especie de generador de malestar constante que acomodamos como podemos o nos acomoda como somos capaces; o algo que de pronto literalmente estalla, se rompe, se desgarra y nos enferma o nos devasta. Dicho sea de paso, o no tanto, está demostrado desde diversos ámbitos de la investigación que la mayor parte de las enfermedades que afectan a la población mundial hoy en día, por no decir todas, son de origen psicosomático. Es decir, se trata de patologías que nuestro cuerpo, tan creativo y receptivo como es, “inventa” como vía de escape o como expresión para todo aquello que nos sucede sin alternativa aparente o sin otro lenguaje.
Luego del último terremoto que sacudió a Chile, cuando el ardor de las noticias se fue apagando y se fueron barriendo los escombros, otro desastre comenzó a invadir las vidas y a afectar los cuerpos de aquellos que atravesaron por la experiencia del temblor. Cientos de chilenos aún hoy conviven con el estado de alerta permanente ante una nueva sacudida que, sienten, podría ocurrir en cualquier momento. Cientos de chilenos (jóvenes, niños, adultos o ancianos) en perfecto estado de salud hasta el momento del desastre, comenzaron a desarrollar algún tipo de cáncer como respuesta al pánico. En otras partes del mundo, las crisis financieras de los últimos años encontraron eco en quienes las padecieron y las padecen, desarrollando sobre todo enfermedades cardíacas, depresión o estados crónicos de hipertensión.
Me sorprendió en estos días una situación que no me deja salir aún del asombro. Alguien lanzó la pregunta, y se armó el debate: “¿alguna vez sintieron ganas de tener una enfermedad terminal o algo parecido para vivir intensamente de una vez por todas”? Una vez más: no estoy inventando. Cientos, o miles de personas en el mundo se inventan efectivamente algún tipo de mal para poder experimentar lo que llamarían “la verdadera sensación de estar vivos”; sí, de estar vivos sólo cuando se está atravesando algún tipo de situación límite con o sin retorno posible. Y sucede así, ante la falta del “algo” y el estado inconsolable y permanente de vivir con su carencia a cuestas: necesitamos del conflicto, y del íntimo o masivo desastre que afecte nuestras vidas. Todo lo demás, parece apenas una pobre y gris vida sin emociones cuando no hay conflicto o amenaza de desastre.
En miles de otros casos, si no lo hemos inventado para nosotros, el desastre se nos ofrece por causas imponderables de la naturaleza o bien por causas imponderables de la soberbia y la idiotez. Así las cosas, mientras algunas partes del mundo se destrozan ante la fuerza de una cadena de desastres que provocamos y alimentamos, otros nuevos se desatan bajo la misma idea: hacer la guerra, en nombre de la paz.
Una vez más, ¿el huevo o la gallina? ¿Nos adaptamos mal y pronto a un mundo transformado en desastre, o adaptamos al mundo a nuestra necesidad vital de desastres constantes y dolorosos? Como para sentirlos bien sentidos, ¿no?

jueves, 10 de marzo de 2011

Puntitos (al maestro con cariño)

Una vez más, comenzó el ciclo lectivo. Tiempo de adaptaciones y readaptaciones. Época de corridas, rutinas, horarios. Los umbrales del estrés. Reinicio de una cuenta regresiva: para los padres, contra los presupuestos; para los alumnos, en contra o a favor de los presupuestos de aprobar o desear que alcancen los dedos para contar cuántas se llevan. Para los docentes, bueno, eso es más complejo.


Aunque, en pocas, breves y simplificadísimas palabras, podría decirse que la cuenta regresiva de los docentes establece una carrera a matar o morir contra los puntitos. De pronto, como en un súbito arranque productivo, se ponen a la orden del día editoriales, planillas, viejos papeles guardados de años anteriores, certificados y certificaditos, numeritos que se sacan para hacer largos colas en las oficinas donde toque ir a reclamar por algún antecedente, o inscripción, o licencia, o constancia de una horita más de antigüedad; por los subsidios y los retroactivos, por lo sellado y lo no sellado, por las copias fieles de los originales y los originales e insólitos y hasta entonces desconocidos incisos de leyes o de normas llenas de polvo y pelusas. Y el Consejo Escolar, otra vez, vuelve a la vida.
Vuelve a la vida como un apaleado que se despierta después de hibernar su modorra congénita, que ejercerá cada día un poco mientras esté en funciones de nuevo, por unos meses más, al calor del mate mañanero y al compás del gesto corporal desgarbado, desganado, desarticulado, desinteresado de la existencia ajena. Vuelve a la vida como un moribundo al que los intereses de aquí y allá lo mantienen en pie, alargándole la agonía que le da razón de ser cada vez que en sus pasillos alguien corre desesperado tras su puntaje o su licencia. Cada vez que en sus oficinas alguien se putea con alguien y al día siguiente regresa poniendo cara de bonito para que, así, logren preguntarle si necesita algo y le recuerden que existe; eso para los que no cuentan con la divina y providencial fortuna de tener allí dentro algún conocido, en el castillo de ninguneos. Cada vez que internarse allí es como meterse entre las enroscadas y laberínticas tripas de una lombriz revuelta, espástica. Una que se alimenta de quejas, pues de quejas están hechas todas las crías que allí habitan o las que andan por fuera, transformadas en escuelas, expedientes, administrativos y docentes alienados cuya única motivación y cuya única tarea consistirán en afilar las habilidades del codeo y la pelea para quedarse con más puntos con los que escalar el ranking de las titularidades, las licencias y las jubilaciones interesantes y tempranas. No le extrañe que, tras pocos años de ejercicio invertidos, más que en la docencia, en alimentar y aprender a convivir en este sistema perverso y burocrático que es la educación, un docente ya desee sólo continuar por una sola y clara meta: ganar antigüedad para dejar horas, o jubilarse anticipadamente con alguna carpetita médica extendida a más no poder.
Aquí no corre ni funciona el estúpido mito que parasita en el inconsciente colectivo según el cual el trabajo como docente es ideal, pues se cree que quienes ejercemos la docencia somos la casta privilegiada de la sociedad que goza de dos semanas para rascarse el ombligo en el invierno, de tres meses de rascadura crónica en el verano, de sueldos abultados que les aumentan cada año, y que no tienen de qué quejarse porque encima tienen el privilegio agregado de tomarse días de paro cuando se les canta. Mito popular, además de difundido y multiplicable, tan estúpido como ajeno a la verdad de la cuestión. Porque, hablando a calzón quitado, pocas deben ser las profesiones o los trabajos capaces de saturar tanto a una persona al punto de relegarla a un ámbito de la existencia donde, si no se tiene papel, no se es nada. Y donde, para tener papel, y ser y existir, no queda más opción que transar.
Transar con la perversidad de un sistema educativo que vive según los caprichitos políticos de turno y los favores que directa o indirectamente ganen los gobiernos a través de él (favores que pueden llegar tanto desde el FMI por amoldar los planes de estudio a sus dictámenes, o bien desde más cerca, desde el bolsillo partido que siempre tiene un vuelto que dejar para quienes se ocupen de subsidios, reclamos gremiales o meriendas). Y transar, además, ni siquiera contra la voluntad; en este terreno de la vida humana, la voluntad es algo que no tiene lugar. Sin ir más lejos, en poco más de una década nuestro país ha cambiado ¿cuántas veces ya? su ley de Educación. Al día de hoy, todas las escuelas regadas a lo largo y ancho de la Argentina conviven con dos, y a veces tres, sistemas educativos diferentes. Con suerte, los alumnos suelen recordarle a uno qué año están cursando de qué secundaria.
Y se transa también con lo que uno debe hacer y no hacer sin poder siquiera tener un mínimo margen de chance. Los designios están planteados y moldeados de antemano. Están elaborados por técnicos (en realidad, burócratas) que desde la teoría indican qué contenidos dictar y cómo dictarlos, porque según Juan de los Palotes y la pedagogía y las crecidas yerbas de las ciencias de la educación de escritorio suponen que es el bien para todos y cada uno de nosotros. Ya se trate de “educar para el mundo del trabajo”, o “educar para la construcción de la ciudadanía”, o “educar para la inclusión”; perdiendo, en todos los casos, el sentido básico de lo primero: educar.
Educar, algo que se experimenta a fuerza de frustraciones y cansancio sólo cuando se convive con los alumnos dentro de un aula. Cuando uno se toma la molestia y el tiempo de verlos, más aún, cuando se presta a sí mismo un pedazo de tiempo y de oído para escuchar. Y si, además, se toma el trabajo de dejar de patear para más adelante el hecho de preguntarse qué está haciendo uno como docente y dónde está parado, pues entonces el sentido del “educar” se topa con la mayor de todas las impotencias: el vacío. ¿A cuántos nos ha tocado escuchar, de boca de los propios directivos (o jefes, en algunos casos) cosas como “no importa que no sepan escribir, necesitamos que haya menos repitentes"? ¿Cuántas veces más tendremos que comenzar un ciclo lectivo a comienzos de febrero con reuniones de “perfeccionamiento docente” (ejem…trataré de evitar despacharme sobre esto, pues sería demasiado fuerte para los ojos del lector saber, en efecto, qué hacemos ahí) donde nos dicen qué hacer con las ganas que nos quedan de educar? ¿Cuántas veces más nos las tendremos que tragar?
Y un buen día, antes del primer día de clases, o algunos pocos días más tarde, llega la visita de esos sonrientes, amables, muy predispuestos, atentos, alumbrados y providenciales representantes de las editoriales. Un staff que se renueva cada año, con el ingreso de algún neófito que viene a contarnos subre los beneficios de los manuales de la nueva Editorial Tachito de Lata que viene a regalarnos sus coloridos, brillantes e hiper ilustrados libros. Aunque, hay que decirlo, siempre preferimos que nos visiten los que ya conocemos. Porque Estrada, Santillana, Kapeluz o Aique, con el tiempo, te atienden mejor y te regalan nuevas cosas para que adoptemos sus textos en clase. Para que nos regalen, además, cada año, una nueva carterita o cartuchera tan monona que entre nosotros nos miramos con envidia en sala de profesores y volvemos a casa para mandar un e-mail o hacer un llamadito a la editorial para recordar que no nos dejaron un bolsito tan grande como a la de Historia. Porque, claro, estamos tan alienados, hartos y olvidados del significado real de nuestra tarea (que, por otra parte, a ninguno de nosotros le fue dada por la fuerza sino por elección deliberada) que ahora, cuando a los docentes nos regalan un libro de texto, también nos dejan otro más finito y de otro color, con dibujitos preciosos y diagramas y cuadros re didácticos con la resolución de todos y toditos los ejercicios que figuran en el libro que usarán los chicos. Tan idiotizados vamos quedando, y tanto se van dando cuenta de eso quienes lucran con nuestra alienación, que los diarios de todos los días confían más en la raza humana cuando publican un sudoku o una sopa de letras sin la clave de resolución en la página siguiente. Lo peor de todo es que no son pocos los docentes que saltan en una pata con estas cosas, y las adoptan. ¿Qué más quieren, si ya no tienen nada más en qué pensar ni de qué preocuparse? Eso sí, que nadie se atreva después, en los recreos, a sacarle el cuero al rubio con cara de idiota o a la boluda que viene con maquillaje porque en una evaluación contesten que una estación de trenes es una “trenería”, o porque cuando se les pide el sustantivo abstracto de “profesión” anoten masivamente “profesora”.
Porque profesores, en el más amplio y riguroso sentido del término, quedan y se “producen” (en los centros de formación docente tan concurridos como vaciados de formación) de tal forma que no queda otra que pensar que un profesora, hoy en día, es lo más parecido a una abstracta entelequia suspendida en algún rincón remoto de la cajita de los recuerdos.
Y para quienes realmente quieran hacer carrera en la docencia, las editoriales dejarán también tentadores afiches en la escuela para que veamos cuáles de todos los cursos de capacitación que ofrecen nos deja más puntaje: 0.12, 0.08, 0.03 puntos… Eso sí que es invertir demasiado para nada. Igual, ¿de qué quejarse? Ahora también los cursos de capacitación se hacen a distancia y se compran en Mercadolibre o en DeRemate.com.

sábado, 19 de febrero de 2011

Burlados = mineros, minados, leprosos

No hace falta una revuelta con muertos y destituciones para destrozar a un país. No hacen falta persecuciones, ni epidemias ni guerras para destrozar lenta o rápidamente a una nación. No hacen falta dictaduras ni éxodos o exilios para derrotar a una república. Alcanza con algo más simple, y mucho peor. Es suficiente con que los gobiernos se burlen de sus pueblos y se roben su propia dignidad.
Y el saqueo de la dignidad se da de formas reiteradas, demasiado veladas, adornadas con políticas pretendidamente populares que poco margen dejan para la discusión y la decisión sobre los destinos. En el peor de los casos, sucede en países históricamente bastardeados, como el nuestro, objeto de un bastardeo recurrente que se otorga y se repite desde fuera y también fronteras adentro. Pueblos condenados al limosneo, al subdesarrollo permanente, hasta tal punto convencidos a sí mismos de su propia incapacidad de madurar, que aceptan incluso sus luchas como meros intentos, con la resignación siempre dispuesta y bien guardada en el bolsillo para sacarla a relucir en cualquier momento. En general, para que todo esto ocurra, la estrategia a seguir es la misma: hacer todo lo inverso que debería hacer para procurarse el propio bienestar y la propia abundancia.
Hubo algunos ejemplos durante la semana que pasó. De más está decir que los ejemplos gozaron de tan poca prensa como escasa atención por parte de quienes tienen la responsabilidad de atender y cuidar de ciertas cosas. Pero lo concreto es que sucedió. No hace mucho tiempo vimos, con dolor o indiferencia, cómo varios argentinos morían o eran dañados por disparos o directamente por el avance inconcebible de topadoras y palas mecánicas sobre sus cuerpos o sobre sus casas, que en algunos casos fueron quemadas, para tomar el camino más corto. La solución más drástica a la usurpación de tierras bajo el nombre y la consigna del avance económico de todo el resto del pueblo. Ocurrió en Andalgalá, en Catamarca, o en la comunidad La Primavera de Formosa. Y probablemente vuelva a ocurrir, en algún lugar de San Juan o de Mendoza. Porque se acaba de anunciar la aprobación para el inicio de nuevos estudios para el asentamiento de la explotación minera a gran escala, con la venia aprobatoria del Gobierno, que concede todo el desastre humano y ambiental por venir mientras se vanagloria y regodea en anuncios de inversiones que supuestamente tienen el meritorio y primordial objetivo de favorecer nuestro crecimiento.
Jorge Mayoral, secretario de Minería de la Nación, dio a conocer la buena nueva el pasado lunes. Ya se frota las manos ante el desembolso de por lo menos sesenta millones de pesos que serán utilizados para las exploraciones de prefactibilidad del proyecto Los Azules, de la Minera Andes, estadounidense, que cuenta con el visto bueno para instalarse en Calingasta, San Juan. Harán  perforaciones en catorce mil metros cuadrados de territorio argentino de naturaleza casi virgen y, por supuesto, rico en minerales. Mientras tanto, seguirán desparramando billetes por millones en Santa Cruz, donde el proyecto de extraer oro y plata, en concesión conjunta con el operador minero peruano Hoschild, hace que a Mayoral no deje de caérsele la baba. Otro tanto le aporta la buena noticia de que en las últimas horas también se haya dado aprobación, con la connivencia del gobernador peronista Celso Jaque, a la explotación de cobre y oro con la mina San Jorge de capitales canadienses, en Uspallata.
Todos estos proyectos -o desvergüenzas, mejor dicho- se aprueban, se realizan y se perpetúan en el tiempo a contramano de la voluntad de los ciudadanos. En todos y cada uno de los casos, las agrupaciones vecinales, las comunidades y las ONG que se oponen activamente con fundamentos reales y pruebas en mano, son desoídas y bastardeadas por parte de los organismos oficiales y los gobiernos a los que, claramente, no les interesa ni remotamente lo que tengan que decir u objetar. Las cosas se hacen igual, lo mismo da, aunque haya que realizar alguna inesperada pirueta o algún tipo de salto hiperbólico por encima de los principios de una democracia, como la que supuestamente tenemos, donde ciertas personas gobiernan y deciden como voz y voluntad del pueblo y no de sí mismas. En fin…
Acá la diestra se les da a quienes vienen con carretillas de dólares y se llevan contenedores de otras cosas que, fronteras afuera de nuestro país, les valdrán muchos dólares más de los que han venido a verter por aquí. Y ojo, no es que esta gente venga a este pago porque les guste más que otros; vienen porque el Estado los llama, los atrae y los retiene. Y lo hace con todo el peso de su propia ley.
Como la Ley 24.196, sancionada durante el generoso gobierno menemista el 28 de marzo de 1993. El marco jurídico vigente prohíbe al Estado argentino explotar sus propios recursos naturales, pero permite que empresas extranjeras vengan, hagan y se beneficien con exenciones impositivas (no pagan IVA, ni impuesto al cheque ni sellos, ni a las ganancias, etc.) y con subsidios que ni siquiera se atreverían a soñar las Pyme argentinas. Por eso, Barrick-Gold de Canadá, Coeur D’Alene de EEUU, BHP Minerals de Australia, Vale do Río Doce de Brasil, o la anglo-suiza Xstrata Copper no tienen empacho de abrirse camino entre el terreno y sus personas para ponerse en acción. ¿Cómo no hacerlo? Tienen asegurada la protección estatal por treinta años, en los que estarán al resguardo de la creación de cualquier nuevo impuesto, del aumento de alícuotas, o de cualquier otro fenómeno tributario que cualquier otra empresa o ciudadano argentino sí sufrirá. Además, el Estado les regalará ingresos adicionales si exportan a través de puertos patagónicos. Y todo eso que se llevan, liberado de impuestos, deja en nuestro país la ridícula regalía de un 3% que pagan junto a una declaración jurada que presentan después de que los barcos hayan partido.
Las regalías que deja la minería son casi inexistentes; y las divisas, nulas. Pero tampoco tienen obligación de pagar ni un peso por la energía que consumen estas empresas, también subsidiada por el Estado nacional, que a lo largo y ancho de su territorio sufre de un desabastecimiento energético histórico, que cada vez se encuentra más cerca, no de la crisis, sino del colapso. Imagínese: aquí importamos, compramos, combustible de países limítrofes, mientras la energía que tenemos se la damos gratis a las mineras que literalmente nos agujerean. Gratis y en exceso: cada mina a cielo abierto consume, por lo menos, lo mismo que una ciudad de 300.000 habitantes incorporada a la red de suministro eléctrico. Si se fija, verá que las boletas de luz que recibe en su casa pagan, entre sus impuestos, ciertas leyes de subsidio. ¿A quién? A las mineras. Hace ocho años que en San Juan pagan con sus boletas de luz el Fondo Fiduciario del Transporte Eléctrico Federal (FFTEF), según manda el artículo 74 de la ley 25.401, financiando con un incremento en la tarifa por la luz eléctrica el tendido eléctrico de 500kv que une varias provincias andinas para servir a los proyectos mineros de alta escala.  
Mientras todo esto sucede y seguirá sucediendo, Mayoral hace honor a su nombre (“encargado de gobernar el tiro de mulas o caballos; recaudador o administrador de diezmos, rentas, limosnas, etc.; en los hospitales de leprosos, el que administra o gobierna”, real Academia dixit). La Ley no lo protege, por el contrario, prohíbe explícitamente que los funcionarios participen en este tipo de negocios. Pero el tipo se la banca, y juega el doblete de secretario de ministerio y empresario minero.
Buena genta nos cuida y vela por nosotros. Vayamos en paz…

miércoles, 9 de febrero de 2011

Catarsis - IV


Los principios activos de la catarsis, las sustancias que la nutren, son básicamente dos: identificación y descarga. Por supuesto, uno no funciona sin el otro. De hecho, interactúan de manera recurrente e incesante en la vida cotidiana de todos los mortales, aunque generalmente no notemos que están ahí dentro de nosotros, haciendo de las suyas.
No tengo dudas, estoy segura de que le sorprendería mucho más de lo que imagina saber cuántas y de qué características son las alternativas terapéuticas actuales cuyo medio y fin coinciden en la beatífica meta de la catarsis. Es que, en los tiempos que corren, pocas cosas tan en boga hay como la imperiosa tarea del autoconocimiento. Labor que, bien lograda y practicada con constancia, debería saber conducirnos hacia un mundo mejor, hacia una vida mejor, hacia una existencia mejor. Y para ir a por ello y lograrlo, nada mejor que despojarse, quitarse de encima viejos cueros, falsas cargas, estructuras caducas e insanas, apartarse los nubarrones para ver, realmente ver.
Así que en esto de ver, o de vernos, nos ponemos a jugar a los espejos. Y ese, claramente, es un deporte cada vez más común y extendido en el mundo. A través de los espejos que atravesamos en la mirada hacia los otros y en el contacto con todos los otros que nos rodean, vamos forjando vínculos de identificación, positiva o negativa, pero identificación al fin. Y según los condicionamientos que nuestra psique o nuestro modo de vivir hayan adoptado, vemos en los otros aquello nuestro que no somos ni quisiéramos ser, y entonces nos sentimos aliviados por vernos diferentes; o encontramos allí lo que quisiéramos ser y no somos, y entonces es la frustración, o el enojo, o el deseo irrealizable lo que nos carga y ahoga.
De unos años a esta parte, ya se ha convertido en un lugar común el hecho de advertir que los medios masivos de comunicación construyen una cantidad de “modelos” o “ideales” que gran parte de la humanidad aspira a realizar, aun cuando en la mayor parte de los casos dicha tarea cueste la salud o la vida misma. Generalmente, estos ideales o modelos encarnan aspectos físicos o estéticos, y por muchos son considerados como los “estándares” de belleza cuando, en verdad, son contados los seres humanos capaces de calzar en ellos. Mucho más de la mitad de la población mundial queda por fuera de esos ideales. Y ese espejo, esa identificación, negativa obviamente, es fuente y origen de una enorme cantidad de angustias o frustraciones.
Pero los espejos que nos rodean y acosan no siempre tienen que ver con la cuestión física, ni con los ideales de belleza que teóricamente deberíamos poder cumplir. Más bien, la mayor parte de estos espejos tienen que ver con algo bastante diferente, mucho más silencioso y menos visible. Dejando de lado la cuestión física, pensemos por ejemplo en cuáles y cómo son las condiciones que un hombre debería poder cumplir para ser hombre, o una mujer para ser mujer. Por mucho que parezca que las sociedades del mundo hayan avanzado en este terreno, lo cierto es que los seres humanos todavía nos disputamos con estos mandatos, lidiamos con ellos, nos peleamos, nos rebelamos, pero aun así, difícilmente logramos librarnos de ellos realmente. Piense, si no, en el revuelo que ha suscitado en Irán el caso de Sakineh Mohammadi, la mujer iraní finalmente condenada a ser asesinada mediante lapidación por estar acusada de adulterio. Luego de que incluso su hijo varón se hubiese rebelado ante las autoridades saliendo en defensa de su madre, los mandatos morales o religiosos fueron más fuertes. Los usos y costumbres se impusieron de tal forma que madre e hijo retiraron sus dichos, y la sentencia finalmente siguió su curso. En un caso como este, ante la saturación y la angustia profundas, un individuo que se rebela y que en una catarsis inevitable comete un acto que va en contra de las normas, es castigado y “justamente” condenado por el resto de la sociedad. Al mismo tiempo, la sociedad encuentra en ese individuo una vía de escape para depositar en ese hecho y en ese sujeto lo que ve de sí misma y no está dispuesta a aceptar ni tolerar, y reacciona en consecuencia.
Siglos atrás, especialmente durante el Renacimiento, la sociedad europea dedicaba ciertos días de su calendario a la expurgación de sus “fantasmas”. Durante los carnavales estaba permitido ser lo que se quisiera ser, el juego con las apariencias y la libertad de las máscaras no sólo otorgaba sino que demandaba de cada uno el permiso de “encarnar sus deformidades” sin que ello fuese motivo de prejuicio, perjuicio o vergüenza; y sin que nada de lo que allí sucediese fuese digno de algún tipo de condena. Justamente porque en las jornadas carnavalescas las normas sociales, éticas y morales dejan de regir sobre las vidas de hombres y mujeres; y porque allí se premia lo imperfecto, lo grotesco, lo absurdo, todo lo que no tiene lugar en lo que podría llamarse la vida común o la normalidad de una sociedad. De hecho, todo carnaval culmina con la coronación y el alzamiento de su rey, el Rey Momo. ¿Y quién podría ser rey del carnaval sino aquél que más y mejor liberase sus instintos, aquel que más se riera y que más risa provocara en los demás? Por supuesto que "en los papeles", estos carnavales servían para “evitar males mayores”, pues durante esos días los individuos podían liberar la energía contenida durante el resto del año en que las normas sociales condicionan la vida humana.
Claro que los carnavales no fueron ni son patrimonio exclusivo de la Europa renacentista. En realidad, el carnaval es una fiesta popular por demás antigua, y apenas una de tantísimas fiestas populares que los pueblos antiguos bien supieron celebrar periódicamente para el simple y fundamental objetivo de que sus individuos tuviesen la chance de encontrar situaciones de placer y diversión. Contextos donde la catarsis era más bien algo habitual, y a la vez algo mucho más placentero que una explosión violenta de emociones y tensiones que estallan sin forma ni orden ni nombre.
Con el tiempo, y con la separación cada vez más drástica entre Oriente y Occidente, los carnavales dejaron de celebrarse; en muchos casos, se prohibieron. Lo mismo ocurrió con muchas de las fiestas populares. Curiosamente, el avance de la Modernidad, en su utopía revolucionaria de progreso que cambió de una vez y para siempre la vida humana, fue eliminando sistemáticamente los espacios de catarsis con que contaban las sociedades para purgarse de sus angustias y pesares. En la ecuación orden más progreso igual Modernidad, las sociedades del mundo fueron delineando la cartografía de sus nuevas normas éticas y morales, a través de las instituciones que fueron y aún son el conjunto de engranajes que las hace funcionar y marchar hacia adelante. Cada actividad y conducta de los seres humanos encontraría su lugar en una institución específica diseñada a tal fin. Dos ejemplos extremos: para la formación y la enseñanza, las escuelas y academias; para el castigo y la rectificación de las faltas, las cárceles o los asilos. Para la diversión y el placer, para el gozo, para la catarsis, un instructivo cada vez más extenso y riguroso, y espacios bien delimitados. 
Así las cosas, lo que fue quedando cada vez más por fuera de la vida cotidiana y se fue transformando en tabú, en deseo irrealizable, en frustración, en pecado, fue formando espejos ante los que todavía nos miramos sin reconocernos. Y la libertad real se nos presenta poco, sólo a veces, cuando la saturación es tal y tan urgente que sobreviene como explosión violenta bajo la forma de llanto, de actividad física desmedida o de grito que luego nos deja exhaustos.
Se dice que los griegos inventaron la catarsis. Se dice, además, que su política de la democracia y de la armonía del hombre con sus prójimos debía contar con espacios cotidianos dedicados al placer y la descarga. Sólo así se podría vivir en un estado de paz y aceptación, de respeto y equilibrio. Sencillo concepto de la libertad individual y colectiva, ¿no? Nosotros, en cambio, vamos desarrollando cada vez más y mejores métodos para convivir con nuestra epidemia peor, el estrés y la angustia. Allí, cada cual atiende su juego, y el que no… una prenda tendrá.

Catarsis - III

Pueden ser curiosos, como a veces rozar con cierto tinte de belleza o de espanto, los ejemplos que encontramos en el mundo para equiparar al ser humano o a sus comportamientos, con el resto de las criaturas o de los objetos que el mundo nos ofrece. Desde cierto punto de vista, la psique humana podría asimilarse casi perfectamente a la naturaleza y el funcionamiento de una olla a presión.
En principio, porque aunque suene burdo o extremadamente simplista, es allí donde todo lo que ingerimos se cocina y se procesa, en la psique. Esa "cosa" extraña y más inasible que cualquier otra, que no es ni el cerebro ni el alma, ni el espíritu ni la mente, sino algo más bien intermedio y difícil de definir. Algo que nos perturba, pero sin lo cual no podríamos vivir. Mal que nos pese a casi todos los mortales, es el órgano que más picazón nos produce, el que más males propaga y propicia en el resto del organismo, pero no existe la posibilidad de extirparlo. Hemos de vivir con nuestra psique a cuestas, cueste lo que cueste.
Todo lo que nos llega desde fuera, y también absolutamente todo lo que se genera dentro nuestro, va a parar allí, a esa pequeña y extraña olla que habita en algún punto indeterminado de nuestra existencia. Al igual que la olla a presión, la psique cuenta con una válvula de escape por donde salen hacia afuera aquellas cosas que sobran, lo que siglos atrás se llamaba "humores": todos esos sobrantes tóxicos que no tienen lugar dentro del recipiente. En el caso de los usos culinarios, la válvula libera el vapor que se genera por el calor interno a medida que se lleva a cabo la cocción de los alimentos, cada vez que la presión llega a determinado límite. En estos recipientes que la tecnología ha inventado para optimizar los tiempos de las amas de casa frente a las hornallas, hay además una válvula de seguridad que funciona de forma automática liberándose cada vez que la temperatura y la presión internas son demasiado elevadas. Y según dicen los expertos, no es nada raro que eso ocurra, pues lo más común es que ciertos alimentos obstruyan la salida habitual de vapor mientras se cuecen.
Y lo mismo ocurre con la olla a presión que es nuestra psique. Allí donde todos los pensamientos y emociones se cuecen según las temperaturas y los tiempos que no sabemos ni logramos manejar oportunamente, existe una válvula de escape común que nos permite llevar adelante nuestras vidas cotidianas sin mayores sobresaltos. Algo hace que en nuestro andar y vivir de cada día, la olla-psique vaya liberando tensiones de su presión interna para permitirnos, sencillamente, seguir adelante. Pero, y he aquí el inconveniente, todo lo que se cuece dentro de nuestro inasible recipiente interior, sin darnos cuenta y sin querer queriendo, va dejando residuos que un buen día,
sorpresivamente, nos dan la pauta de que la válvula habitual se ha obstruido.
Y ahí es cuando arrancan los achaques. Generalmente, las señales de alerta por obstrucción se dan de forma tan patente como clara; a menudo, lo más común es que se manifiesten bajo la forma de temores, o fobias.
Gracias a la bendita intervención de la industria farmacéutica en el quehacer de todos los mortales del mundo en nuestra época, hemos descubierto que existen soluciones para todos esos casos. Porque, antes, nos han permitido comprender (y bien se han ocupado de eso, difundiendo de manera masiva y recurrente los mensajes para el caso) que, aunque creamos que nos estamos muriendo, en verdad nada de eso ocurre. Y por suerte, así nos hemos liberado de lo que hace algunas pocas décadas atrás, nos hubiese marcado con el estigmatizante signo de varios tipos de locura. Sabemos ahora que no nos estamos muriendo ni teniendo un infarto ni una muerte súbita, sino que estamos experimentando las múltiples y simultáneas formas de  expresión de un ataque de pánico. Porque en verdad, lo que sucede más en el fondo de eso, es que ha entrado en su justo punto de ebullición algún trastorno de ansiedad que nos aqueja; aunque, claro, solíamos vivir sin saberlo. Pero, más en el fondo aún, sabemos ahora que esa ansiedad no es tal, sino un cúmulo de angustia que se venía cocinando a fuego lento y liberando residuos hasta que la válvula de escape habitual se nos obstruyó y comenzamos a ver las señales. Ahí llega, entonces, el momento en que la válvula de seguridad saldrá a escena y se mostrará ante nosotros plenamente, vestida de gala, parándose ante nosotros y mostrando todo aquello que deja salir a borbotones sin que podamos detenerlo.
Quizás, un sinfín de fantasmas y "recuerdos olvidados" salgan a desfilar delante de nuestros ojos, aun cerrados. Algunos, en un arrojo de salvataje, podrían hacer lo que los apurados hacen con sus ollas cuando quieren abrirla porque ya la mesa está servida: llevar la olla bajo un chorro de agua fría. Sin embargo, contrario a la folklórica instrucción sobre cómo calmar a los niños en sus arranques de capricho, esto no hace más que empeorar las cosas. ¿Por qué? Pues porque dentro de la olla a presión el agua nunca llega a hervir, sólo se calienta a altas temperaturas sin llegar al punto del hervor o la ebullición. Y cuando creemos que metiéndola bajo agua fría podemos abrirla rápidamente para cortar con la cocción, no hacemos más que dar lugar a un fenómeno físico por el cual justo en ese momento la ebullición se produce súbitamente; el resultado suele ser riesgoso, ya que abriendo la olla en ese momento enfría las paredes del recipiente, condensa el vapor de agua del interior, se produce una súbita ebullición y el contenido escapa inconteniblemente por cualquier esquicio, y eso puede quemarnos, y mucho. Por supuesto que abrir la olla a destiempo sin recurrir al lavado de cara con agua helada también tiene sus riesgos, pues cuando aún está a presión, la apertura súbita deja salir los vapores anárquicamente a temperaturas demasiado elevadas.
Menuda tarea de resistencia la de la olla a presión, ¿verdad? Por eso es que desde que se han inventado se supo que debían fabricarse con materiales duros, aguantadores, aluminio o acero han sido siempre las opciones. Ahí es donde nos encontramos en desventaja nosotros, los pobres mortales que, vayamos donde vayamos, vamos llevando a cuestas nuestra olla a presión de paredes finas, endebles, delicadas. La psique humana, es claro, no está preparada para soportar los niveles de presión que, en comparación, están listas para aguantar y sostener las ollas donde un repollo se cocina en un minuto, o se cuecen las habas en cinco, o las papas en cuatro, o un pollo entero en apenas veinte minutos reloj. No. Nuestra psique maneja otros tiempos, otras alternativas. Y viene con ninguna garantía de fábrica adosada que nos certifique el correcto funcionamiento de sus válvulas de escape. Por eso, acaso intuitivamente o instintivamente, necesitamos que ciertas cosas nos movilicen lo suficiente como para abrir esa válvula y liberar todos nuestros humores. Aunque eso ocurra sólo de vez en cuando, una vez cada tantos años, o excepcionalmente.
Suele suceder, y creería que se trata de algo indudablemente magnífico, que las experiencias de los otros nos sirven como puente propulsor para desahogar los humores que venimos cociendo en nuestro interior. Usualmente, son las experiencias límite o los hechos dolorosos los que nos mueven a eso. Más aún, las pérdidas que por una razón o por otra experimentamos como grandes e irreparables pérdidas. Días atrás, todo un país abrió sus ollas y dejó salir sus humores. La muerte de un ex presidente pudo haber sido la excusa, el motivo, la razón. Diferentes y muy diversos han sido los ingredientes que ese hecho dejó salir en todos nosotros. Tristezas, amargura, desesperanzas, temores, especulaciones, secretas alegrías, ilusiones reprimidas. Como sea, y lo que haya sido, bien valioso y maravilloso es el cuadro: un país entero mostrando la hilacha. Para bien o para mal, pero dejándola ver y no pudiendo esconderla. Lo mejor del caso, sin dudas, es que durante y después de la catarsis, no hay ni puede haber nada más clarito que la honestidad. Ante ella, todos quedamos desnudos.

sábado, 22 de enero de 2011

Mundos

El mundo se ha vuelto cada vez más hostil. El tiempo pasa, cada vez, más veloz y más efímero. Estamos en una franca decadencia de los valores. Vamos de mal en peor. El planeta se deteriora. Somos presas del consumo, del sistema, de las variables de la economía mundial, de las coyunturas socioculturales y políticas ajenas. El mundo es cada vez más chico. La vida, cada vez, parece más extraña.
Y los discursos que nos circundan, cada vez más masivos; nosotros, los receptores, cada vez más permeables a la información, más vulnerables a los datos y a las estadísticas que nos describen e informan de qué va y cómo va el mundo en que vivimos. Y así, de tanto repetir y recibir, vamos creyendo demasiado muchas de las cosas que recibimos desde fuera. Cosas que, en general, carecen de sustento; pero como andan dando vueltas por ahí, simplemente les otorgamos el crédito de la credibilidad por la mera “publicación”. Y desde fuera, desde aquellos discursos que recibimos y repetimos como conducta adquirida e involuntaria, y con una muy relativa capacidad para la crítica y el discernimiento, adoptamos muchos más lugares comunes de los que se mencionaron al comienzo.
Los últimos años han tenido, para todos, ejemplos en abundancia. Algunos, por cierto, algo excesivos. Y sobre ellos hemos discutido aquí, en esta misma página. Pero como breve anecdotario bien vale recordar al menos mínimamente lo que sucedió y nos sucedió con la gripe A, aquellos meses en que fuimos presas inescapables del mal ante un enemigo inatrapable, silencioso, invisible. Y vienen pasándonos cosas similares una vez tras otra, acontecimientos que nos ponen en la situación de no poder saber exactamente qué hay de cierto y de falso en lo que se dice y en lo que -supuestamente- ocurre. Por ejemplo, ¿qué tan cierto es eso de que el mundo es decidida y definitivamente cada vez más hostil? Por supuesto, no puedo hablar de cómo habrá sido vivir antes de la Revolución Industrial, pero imagino que no debe de haber sido nada fácil tratar de vivir bien en un mundo desprovisto de las tecnologías con que me acostumbré a vivir en el mundo tal cual era cuando comencé a habitarlo. Lo que pudiese imaginar acerca de la vida durante la Primera o la Segunda Guerra Mundial, sería aún más fantasioso y errado: no estuve allí, sé que fue duro, horrible, espantoso, pero lo sé por boca de otros. De todas maneras, sin guerras ni luz, sin teléfonos ni rueda ni calefacción, la vida para el hombre no habrá sido mucho más agradable ni sencilla en los tiempos del homo erectus, ni del habilis, ni del sapiens. En fin, a cada época su dificultad. El mundo nunca ha sido ni será sencillo. Los obstáculos, supongo, son parte constante de la superación con que nos desafía, sin ir más lejos, la mera supervivencia.
Pero lo peor de todo, en el mundo y la vida actuales, es que el tiempo pasa a pasos cada día más acelerados. Explicaciones sobre este extraño fenómeno de la experiencia y la percepción abundan. Hay quienes dicen que se trata simplemente de una consecuencia de la ansiedad y el estrés, esos enemigos capitales que la vida moderna ha plantado ante las vidas humanas para cercenarnos el placer y la calma. Según esta teoría, los altos niveles de estrés y ansiedad trastornarían nuestra percepción del tiempo por la simple y compleja razón de que nos apresan en un estado de constante deseo sin satisfacción, de permanente aspiración a algo futuro que nunca llega ni satisface como debería hacerlo. Así que por eso, tan preocupados por lo que será y no es, se nos escapa el aquí y el ahora y el tiempo se disuelve en nuestra experiencia, más parecida a una ausencia y a una frustración crónica que a un fluir del hombre por el camino de sus derroteros.
Pero no todo es culpa nuestra, en verdad es el mundo, el universo, el verdadero culpable de esta escapada feroz de las horas. Según dicen ciertos paladines de la física cuántica y algunos otros exponentes de la astronomía holística, nuestro planeta está siendo afectado por una alteración en su campo vibratorio. En este preciso instante, progresivamente y sin retorno posible, se estarían invirtiendo los polos magnéticos de la Tierra. Eso haría que el tiempo, en efecto, esté mutando en sus ritmos y nuestras formas de medición vayan resultando insuficientes. Y llegará un día, dicen, en que esta alteración provocaría una inversión en el sentido de rotación de nuestro planeta; el sol saldría y se pondría por la otra esquina y vaya a saber qué otras rarezas se irán sucediendo. Aunque muchos ya nos avisan que sólo se notará al momento de chequear una brújula, cuando la flechita no sea capaz, como solía serlo, de indicar idóneamente la dirección norte de los horizontes.
Es que, ya ve, dentro de muy poco (cada vez más poco, porque el tiempo corre como loco) ya ni en las brújulas se podrá confiar. ¿Qué haremos cuando ya no podamos saber dónde dejamos nuestros nortes? ¿Será cierto, entonces, eso de que vamos de mal en peor? Caballeros eran los de antes, prolijos y peinados, trabajadores y responsables, piropeadores… Ahora, ahora ya no hay valores, oigo decir; antes uno podía confiar en las personas (y en las brújulas, ¡carancho!) y la palabra valía, no como ahora que todo eso ya está perdido… Mujeres eran las de antes, delicadas, dedicadas, aplicadas, y no como ahora, apuradas, medicadas… Claro, ya no creemos como antes ni volveremos a creer en el valor de la palabra como se hacía antes, volver a esa capacidad de fe es algo verdaderamente imposible. De hecho, ¿quién se atreve a creer ciegamente en la palabra ajena si vivimos, nada más ni nada menos, que en la era de la manipulación discursiva? Créame, hasta se trata de una cuestión de rigor científico que de tanto practicar durante décadas, y a fuerza de pruebas, ensayos y errores, ha ido dando en el clavo sobre cómo hacer para dirigir las voluntades humanas por medio de algo tan inocente como el lenguaje. Pero no sólo las voluntades, le diría que hasta el espíritu mismo, el pensamiento, el deseo, los dolores, las curas, las enfermedades, las esperanzas, las razones, los motivos, los fundamentos, y los refranes que nunca mueren pero sí se adaptan para mutar de sentido según las apetencias de las circunstancias. En fin, valores sigue habiendo y los habrá, siempre. Que no todos tengamos o conservemos los mismos, habla de un valor tan valioso como vital para las vidas de todos los hombres de este extraño mundo actual: la diversidad, entendiendo y reconociendo que ya nunca más el distinto a mí dejará de ser humano por ser distinto. No hace falta que nos veamos obligados, presionados, exigidos a que todos los seres humanos del orbe nos caigan simpáticos, las afinidades y las empatías corren por otro carril; se trata, simple y llanamente, de no volver a olvidar que todos somos personas, y punto. Quizás ese giro drástico de la conciencia humana sea más revolucionario y conmovedor que la inversión magnética de los polos o cualquier otro avance tecnológico que pueda modificarnos de pronto la vida otra vez.
El mundo es cada vez más chico, no lo dudo, pero es que cada vez somos más. Se van poblando los continentes con más almas cada día, y mientras eso pasa, nos vamos rozando cada vez más. Será un mundo, quizás, sin nortes definidos ni definitorios, con rumbos cambiantes y plagado de incertidumbres, cargado de desnudez ante lo que nos sorprende y no conocemos ni sabemos manejar. Será, tal vez, un mundo difícil, tan poco serio, que nunca volverá a ser lo que era. Pero, ¿sabe qué? Me gusta este mundo: al igual que todos los mundos anteriores, también cuenta con la privilegiada capacidad de la mutación. Este mundo también puede cambiar.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Populares

De un tiempo a esta parte, las distintas realidades de los países latinoamericanos parecen coincidir en un punto común, fundamental: se autodenominan y autodefinen como “populares”. Por extensión lógica, esto debería significar que todas sus ideologías, expresiones, políticas y acciones buscan afectar positivamente la realidad vital de sus pueblos, es decir: la de todos los habitantes de las respectivas naciones. Pero, ¿es realmente así?
Pues de eso se habla cuando se habla de “pueblo”: del conjunto total de personas que habita una nación y la constituye, del capital humano que la conforma de punta a punta, con todos los vaivenes y diferencias que existan entre los individuos, inalienablemente unidos por el trazo común de ser al mismo tiempo el resultado y la suma de numerosas partes. Se trata de la parte viva y real de la cartografía, conjugada en un ser común y múltiple. Para las naciones contemporáneas, hace tiempo ya que la noción de “pueblo” se ha transformado en un concepto propio e indispensable del derecho constitucional; íntimamente ligado, además, a los derechos humanos que las constituciones contemporáneas de casi todos los países del mundo también incluyen entre sus principios básicos y sus prioridades civiles y políticas. Por lo tanto, cuando hablamos de “gobiernos populares” deberíamos estar hablando de gobiernos cuya meta primordial radica en remover de sus hábitos el enquistado y tan antiguo hábito de gobernar con políticas para el beneficio de pocos y el perjuicio -velado- de unos cuantos.
Así las cosas, en el profundo y valioso giro conceptual e ideológico que intenta significar últimamente eso de “gobierno popular” en el contexto latinoamericano de estos últimos años, con todas las acciones que obliga a llevar a cabo, se estaría efectuando un avance tan profundo como definitivo en la consolidación de la noción misma de “pueblo”. Y ahí se encontraría, de hecho, el gesto revolucionario legítimo que varios países y gobiernos del subcontinente intentarían ejercer sobre la amplia realidad del mundo, marcando la diferencia con naciones de otras latitudes. ¿Cómo lograrían semejante cosa? Dejando de lado las letras chicas del diccionario, las definiciones adicionales que otorgan el carácter de “pueblo” a cosas tan distintas como contradictorias: “ciudad o villa; población de menor categoría; conjunto de personas de un lugar, región o país; gente común y humilde de una población; o país con gobierno independiente”. Acepciones y opciones, como se ve, muy débiles, susceptibles de aplicarse con márgenes demasiado amplios de relatividad; tanto que, en la multiplicidad de significados que ofrecen, hacen de la palabra “pueblo” un concepto más divisorio y separatista que unificador. Y todas ellas, vaya casualidad, extraídas de la “carta magna” del idioma español que hablamos los latinoamericanos, la Real Academia Española. Entonces, si realmente fuese así, si un importante grupo de Estados latinoamericanos coinciden en aunar esfuerzos para llevar adelante esta revolución, la de gobiernos populares que trabajan por borrar las ficciones divisorias que durante siglos repartieron hostilidades y beneficios desparejos para sus individuos, somos los privilegiados habitantes del mundo que viven en un escenario de cambio real donde la idea y el deseo de un mundo mejor, más justo y equitativo, es una cosa real. Pero creo tener algunas malas noticias, a pesar de la belleza de los discursos, y es que los hechos cotidianos vividos acá nomás, en casa o a kilómetros de casa, muestran exactamente lo contrario: todavía somos pueblos fracturados internamente, aún hacemos grandes y claros esfuerzos por pisarnos las cabezas los unos a los otros.
¿Qué otra cosa deja al descubierto, si no, lo ocurrido hace pocos días con la comunidad toba de los Qom, en Formosa? Largos y difíciles meses de corte de una ruta como forma de protesta visible y audible, y como única alternativa de defensa a los derechos humanos -tan propios de una comunidad aborigen como de cualquier otro grupo humano-, muestran con excesiva y hasta dolorosa claridad que el poder de una Constitución o de un gobierno constitucional para garantizar los derechos de todos sus ciudadanos sigue siendo algo laxo, relativo, débil. Muestran, también, que el diálogo no ha dejado de ser una cuenta pendiente de las democracias jóvenes y vapuleadas de los pueblos sudamericanos, que a duras penas las han conseguido y sostenido a lo largo de sus biografías. Muestran que el poder de las razones económicas y el de las filiaciones políticas no han dejado de ser tan fuertes como en otras épocas, porque todavía conservan la capacidad de imponer sus razones por sobre las razones elementales del respeto a la vida de los otros.
Cada vez que una empresa minera extranjera o un grupo empresarial sojero o un gobierno provincial decidan arrasar con las personas y los hogares en un territorio determinado para tomar por la fuerza terrenos de propiedad comunitaria, otorgados y validados como tales por derecho ancestral y también por instrumentos legales como la Ley 23.160 de Emergencia de Tierras de las Comunidades Originarias, se está mostrando que no hay coherencia entre el discurso y el acto. Y peor aún, la violencia, la impunidad, las persecuciones, las desapariciones y las muertes que estos episodios dejan en el camino, están mostrando que los derechos son tan frágiles como es tan relativo el carácter de “humano” para las personas que se suponen dignas beneficiarias de sus derechos humanos, es decir, todos y no algunos: el pueblo entero.
Lo que ocurrió meses atrás en Andalgalá, de lo que ya no hablamos más, y lo que sucedió hace días apenas en La Primavera, de lo que hablamos y sabemos cada día un poco menos, muestran que una topadora Caterpillar o una bala siempre serán más fuertes que una comunidad entera intentando dialogar con el resto de su pueblo, o pidiendo ayuda a sus dirigentes o a su Presidenta. Hechos así, a las claras, son todavía mucho más fuertes que cualquier topadora o un proyectil para hacer polvo las hermosas quimeras discursivas que nos decoran la vida política y los orgullos bicentenarios día tras día. Porque con hechos como estos redescubrimos una vez más la facilidad que supimos desarrollar para la apatía cuando lo que se incendia son las vidas ajenas y no la mía ni la suya, acá en Buenos Aires o en Córdoba, Santa Fe o Santa Cruz. Allá en las puntas pobres del país, ni siquiera sabríamos decir con certeza quién gobierna ni cómo o de qué se vive.
Pero hay datos que no tienen desperdicio. Datos que, como anécdota, bien servirían para engrosar el historial de nuestras vergüenzas. Por ejemplo, no se puede dejar pasar el hecho de que Gildo Insfrán, gobernador de la provincia de Formosa, es el peronista que por más años ha sabido mantenerse en pie sobre las altas esferas del poder político. Gobierna en su provincia desde 1987 hasta el día de hoy, 21 años ininterrumpidos, ocho años como vicegobernador y el resto como gobernador de una provincia que hace honor a la democracia con su sistema de reelección indefinida. Una provincia, la de Gildo -y sí, es suya, ¿o no?-, que cuenta con un total aproximado de doscientos mil electores, cincuenta mil de ellos viven de los planes Jefes y Jefas de Hogar, y otros sesenta mil se sustentan como empleados públicos. Una provincia hecha de rehenes políticos, donde además el 80% de los empleados públicos cobra de su jefe y gobernador sueldos inferiores al mínimo vital.
Una provincia hecha de contrastes, construida a fuerza de violencias, despojos y silencios. Así es Formosa, como podría ser también Catamarca, Jujuy… Como lo es, de hecho, la Argentina misma. Un país que no dijo nada, que no hizo nada. Un país, un pueblo que calló y que dejó pasar. ¡Y qué raro! Nadie dijo ni hizo nada tampoco desde otros gobiernos populares, mientras matábamos a los tobas para hacer soja donde tenían sus casas. Y eso que tenemos amigos presidentes con sangre india en las venas: Hugo, Evo, Rafael… ¿Y Cristina? Vieja amiga de Gildo, qué pena…