sábado, 19 de febrero de 2011

Burlados = mineros, minados, leprosos

No hace falta una revuelta con muertos y destituciones para destrozar a un país. No hacen falta persecuciones, ni epidemias ni guerras para destrozar lenta o rápidamente a una nación. No hacen falta dictaduras ni éxodos o exilios para derrotar a una república. Alcanza con algo más simple, y mucho peor. Es suficiente con que los gobiernos se burlen de sus pueblos y se roben su propia dignidad.
Y el saqueo de la dignidad se da de formas reiteradas, demasiado veladas, adornadas con políticas pretendidamente populares que poco margen dejan para la discusión y la decisión sobre los destinos. En el peor de los casos, sucede en países históricamente bastardeados, como el nuestro, objeto de un bastardeo recurrente que se otorga y se repite desde fuera y también fronteras adentro. Pueblos condenados al limosneo, al subdesarrollo permanente, hasta tal punto convencidos a sí mismos de su propia incapacidad de madurar, que aceptan incluso sus luchas como meros intentos, con la resignación siempre dispuesta y bien guardada en el bolsillo para sacarla a relucir en cualquier momento. En general, para que todo esto ocurra, la estrategia a seguir es la misma: hacer todo lo inverso que debería hacer para procurarse el propio bienestar y la propia abundancia.
Hubo algunos ejemplos durante la semana que pasó. De más está decir que los ejemplos gozaron de tan poca prensa como escasa atención por parte de quienes tienen la responsabilidad de atender y cuidar de ciertas cosas. Pero lo concreto es que sucedió. No hace mucho tiempo vimos, con dolor o indiferencia, cómo varios argentinos morían o eran dañados por disparos o directamente por el avance inconcebible de topadoras y palas mecánicas sobre sus cuerpos o sobre sus casas, que en algunos casos fueron quemadas, para tomar el camino más corto. La solución más drástica a la usurpación de tierras bajo el nombre y la consigna del avance económico de todo el resto del pueblo. Ocurrió en Andalgalá, en Catamarca, o en la comunidad La Primavera de Formosa. Y probablemente vuelva a ocurrir, en algún lugar de San Juan o de Mendoza. Porque se acaba de anunciar la aprobación para el inicio de nuevos estudios para el asentamiento de la explotación minera a gran escala, con la venia aprobatoria del Gobierno, que concede todo el desastre humano y ambiental por venir mientras se vanagloria y regodea en anuncios de inversiones que supuestamente tienen el meritorio y primordial objetivo de favorecer nuestro crecimiento.
Jorge Mayoral, secretario de Minería de la Nación, dio a conocer la buena nueva el pasado lunes. Ya se frota las manos ante el desembolso de por lo menos sesenta millones de pesos que serán utilizados para las exploraciones de prefactibilidad del proyecto Los Azules, de la Minera Andes, estadounidense, que cuenta con el visto bueno para instalarse en Calingasta, San Juan. Harán  perforaciones en catorce mil metros cuadrados de territorio argentino de naturaleza casi virgen y, por supuesto, rico en minerales. Mientras tanto, seguirán desparramando billetes por millones en Santa Cruz, donde el proyecto de extraer oro y plata, en concesión conjunta con el operador minero peruano Hoschild, hace que a Mayoral no deje de caérsele la baba. Otro tanto le aporta la buena noticia de que en las últimas horas también se haya dado aprobación, con la connivencia del gobernador peronista Celso Jaque, a la explotación de cobre y oro con la mina San Jorge de capitales canadienses, en Uspallata.
Todos estos proyectos -o desvergüenzas, mejor dicho- se aprueban, se realizan y se perpetúan en el tiempo a contramano de la voluntad de los ciudadanos. En todos y cada uno de los casos, las agrupaciones vecinales, las comunidades y las ONG que se oponen activamente con fundamentos reales y pruebas en mano, son desoídas y bastardeadas por parte de los organismos oficiales y los gobiernos a los que, claramente, no les interesa ni remotamente lo que tengan que decir u objetar. Las cosas se hacen igual, lo mismo da, aunque haya que realizar alguna inesperada pirueta o algún tipo de salto hiperbólico por encima de los principios de una democracia, como la que supuestamente tenemos, donde ciertas personas gobiernan y deciden como voz y voluntad del pueblo y no de sí mismas. En fin…
Acá la diestra se les da a quienes vienen con carretillas de dólares y se llevan contenedores de otras cosas que, fronteras afuera de nuestro país, les valdrán muchos dólares más de los que han venido a verter por aquí. Y ojo, no es que esta gente venga a este pago porque les guste más que otros; vienen porque el Estado los llama, los atrae y los retiene. Y lo hace con todo el peso de su propia ley.
Como la Ley 24.196, sancionada durante el generoso gobierno menemista el 28 de marzo de 1993. El marco jurídico vigente prohíbe al Estado argentino explotar sus propios recursos naturales, pero permite que empresas extranjeras vengan, hagan y se beneficien con exenciones impositivas (no pagan IVA, ni impuesto al cheque ni sellos, ni a las ganancias, etc.) y con subsidios que ni siquiera se atreverían a soñar las Pyme argentinas. Por eso, Barrick-Gold de Canadá, Coeur D’Alene de EEUU, BHP Minerals de Australia, Vale do Río Doce de Brasil, o la anglo-suiza Xstrata Copper no tienen empacho de abrirse camino entre el terreno y sus personas para ponerse en acción. ¿Cómo no hacerlo? Tienen asegurada la protección estatal por treinta años, en los que estarán al resguardo de la creación de cualquier nuevo impuesto, del aumento de alícuotas, o de cualquier otro fenómeno tributario que cualquier otra empresa o ciudadano argentino sí sufrirá. Además, el Estado les regalará ingresos adicionales si exportan a través de puertos patagónicos. Y todo eso que se llevan, liberado de impuestos, deja en nuestro país la ridícula regalía de un 3% que pagan junto a una declaración jurada que presentan después de que los barcos hayan partido.
Las regalías que deja la minería son casi inexistentes; y las divisas, nulas. Pero tampoco tienen obligación de pagar ni un peso por la energía que consumen estas empresas, también subsidiada por el Estado nacional, que a lo largo y ancho de su territorio sufre de un desabastecimiento energético histórico, que cada vez se encuentra más cerca, no de la crisis, sino del colapso. Imagínese: aquí importamos, compramos, combustible de países limítrofes, mientras la energía que tenemos se la damos gratis a las mineras que literalmente nos agujerean. Gratis y en exceso: cada mina a cielo abierto consume, por lo menos, lo mismo que una ciudad de 300.000 habitantes incorporada a la red de suministro eléctrico. Si se fija, verá que las boletas de luz que recibe en su casa pagan, entre sus impuestos, ciertas leyes de subsidio. ¿A quién? A las mineras. Hace ocho años que en San Juan pagan con sus boletas de luz el Fondo Fiduciario del Transporte Eléctrico Federal (FFTEF), según manda el artículo 74 de la ley 25.401, financiando con un incremento en la tarifa por la luz eléctrica el tendido eléctrico de 500kv que une varias provincias andinas para servir a los proyectos mineros de alta escala.  
Mientras todo esto sucede y seguirá sucediendo, Mayoral hace honor a su nombre (“encargado de gobernar el tiro de mulas o caballos; recaudador o administrador de diezmos, rentas, limosnas, etc.; en los hospitales de leprosos, el que administra o gobierna”, real Academia dixit). La Ley no lo protege, por el contrario, prohíbe explícitamente que los funcionarios participen en este tipo de negocios. Pero el tipo se la banca, y juega el doblete de secretario de ministerio y empresario minero.
Buena genta nos cuida y vela por nosotros. Vayamos en paz…

miércoles, 9 de febrero de 2011

Catarsis - IV


Los principios activos de la catarsis, las sustancias que la nutren, son básicamente dos: identificación y descarga. Por supuesto, uno no funciona sin el otro. De hecho, interactúan de manera recurrente e incesante en la vida cotidiana de todos los mortales, aunque generalmente no notemos que están ahí dentro de nosotros, haciendo de las suyas.
No tengo dudas, estoy segura de que le sorprendería mucho más de lo que imagina saber cuántas y de qué características son las alternativas terapéuticas actuales cuyo medio y fin coinciden en la beatífica meta de la catarsis. Es que, en los tiempos que corren, pocas cosas tan en boga hay como la imperiosa tarea del autoconocimiento. Labor que, bien lograda y practicada con constancia, debería saber conducirnos hacia un mundo mejor, hacia una vida mejor, hacia una existencia mejor. Y para ir a por ello y lograrlo, nada mejor que despojarse, quitarse de encima viejos cueros, falsas cargas, estructuras caducas e insanas, apartarse los nubarrones para ver, realmente ver.
Así que en esto de ver, o de vernos, nos ponemos a jugar a los espejos. Y ese, claramente, es un deporte cada vez más común y extendido en el mundo. A través de los espejos que atravesamos en la mirada hacia los otros y en el contacto con todos los otros que nos rodean, vamos forjando vínculos de identificación, positiva o negativa, pero identificación al fin. Y según los condicionamientos que nuestra psique o nuestro modo de vivir hayan adoptado, vemos en los otros aquello nuestro que no somos ni quisiéramos ser, y entonces nos sentimos aliviados por vernos diferentes; o encontramos allí lo que quisiéramos ser y no somos, y entonces es la frustración, o el enojo, o el deseo irrealizable lo que nos carga y ahoga.
De unos años a esta parte, ya se ha convertido en un lugar común el hecho de advertir que los medios masivos de comunicación construyen una cantidad de “modelos” o “ideales” que gran parte de la humanidad aspira a realizar, aun cuando en la mayor parte de los casos dicha tarea cueste la salud o la vida misma. Generalmente, estos ideales o modelos encarnan aspectos físicos o estéticos, y por muchos son considerados como los “estándares” de belleza cuando, en verdad, son contados los seres humanos capaces de calzar en ellos. Mucho más de la mitad de la población mundial queda por fuera de esos ideales. Y ese espejo, esa identificación, negativa obviamente, es fuente y origen de una enorme cantidad de angustias o frustraciones.
Pero los espejos que nos rodean y acosan no siempre tienen que ver con la cuestión física, ni con los ideales de belleza que teóricamente deberíamos poder cumplir. Más bien, la mayor parte de estos espejos tienen que ver con algo bastante diferente, mucho más silencioso y menos visible. Dejando de lado la cuestión física, pensemos por ejemplo en cuáles y cómo son las condiciones que un hombre debería poder cumplir para ser hombre, o una mujer para ser mujer. Por mucho que parezca que las sociedades del mundo hayan avanzado en este terreno, lo cierto es que los seres humanos todavía nos disputamos con estos mandatos, lidiamos con ellos, nos peleamos, nos rebelamos, pero aun así, difícilmente logramos librarnos de ellos realmente. Piense, si no, en el revuelo que ha suscitado en Irán el caso de Sakineh Mohammadi, la mujer iraní finalmente condenada a ser asesinada mediante lapidación por estar acusada de adulterio. Luego de que incluso su hijo varón se hubiese rebelado ante las autoridades saliendo en defensa de su madre, los mandatos morales o religiosos fueron más fuertes. Los usos y costumbres se impusieron de tal forma que madre e hijo retiraron sus dichos, y la sentencia finalmente siguió su curso. En un caso como este, ante la saturación y la angustia profundas, un individuo que se rebela y que en una catarsis inevitable comete un acto que va en contra de las normas, es castigado y “justamente” condenado por el resto de la sociedad. Al mismo tiempo, la sociedad encuentra en ese individuo una vía de escape para depositar en ese hecho y en ese sujeto lo que ve de sí misma y no está dispuesta a aceptar ni tolerar, y reacciona en consecuencia.
Siglos atrás, especialmente durante el Renacimiento, la sociedad europea dedicaba ciertos días de su calendario a la expurgación de sus “fantasmas”. Durante los carnavales estaba permitido ser lo que se quisiera ser, el juego con las apariencias y la libertad de las máscaras no sólo otorgaba sino que demandaba de cada uno el permiso de “encarnar sus deformidades” sin que ello fuese motivo de prejuicio, perjuicio o vergüenza; y sin que nada de lo que allí sucediese fuese digno de algún tipo de condena. Justamente porque en las jornadas carnavalescas las normas sociales, éticas y morales dejan de regir sobre las vidas de hombres y mujeres; y porque allí se premia lo imperfecto, lo grotesco, lo absurdo, todo lo que no tiene lugar en lo que podría llamarse la vida común o la normalidad de una sociedad. De hecho, todo carnaval culmina con la coronación y el alzamiento de su rey, el Rey Momo. ¿Y quién podría ser rey del carnaval sino aquél que más y mejor liberase sus instintos, aquel que más se riera y que más risa provocara en los demás? Por supuesto que "en los papeles", estos carnavales servían para “evitar males mayores”, pues durante esos días los individuos podían liberar la energía contenida durante el resto del año en que las normas sociales condicionan la vida humana.
Claro que los carnavales no fueron ni son patrimonio exclusivo de la Europa renacentista. En realidad, el carnaval es una fiesta popular por demás antigua, y apenas una de tantísimas fiestas populares que los pueblos antiguos bien supieron celebrar periódicamente para el simple y fundamental objetivo de que sus individuos tuviesen la chance de encontrar situaciones de placer y diversión. Contextos donde la catarsis era más bien algo habitual, y a la vez algo mucho más placentero que una explosión violenta de emociones y tensiones que estallan sin forma ni orden ni nombre.
Con el tiempo, y con la separación cada vez más drástica entre Oriente y Occidente, los carnavales dejaron de celebrarse; en muchos casos, se prohibieron. Lo mismo ocurrió con muchas de las fiestas populares. Curiosamente, el avance de la Modernidad, en su utopía revolucionaria de progreso que cambió de una vez y para siempre la vida humana, fue eliminando sistemáticamente los espacios de catarsis con que contaban las sociedades para purgarse de sus angustias y pesares. En la ecuación orden más progreso igual Modernidad, las sociedades del mundo fueron delineando la cartografía de sus nuevas normas éticas y morales, a través de las instituciones que fueron y aún son el conjunto de engranajes que las hace funcionar y marchar hacia adelante. Cada actividad y conducta de los seres humanos encontraría su lugar en una institución específica diseñada a tal fin. Dos ejemplos extremos: para la formación y la enseñanza, las escuelas y academias; para el castigo y la rectificación de las faltas, las cárceles o los asilos. Para la diversión y el placer, para el gozo, para la catarsis, un instructivo cada vez más extenso y riguroso, y espacios bien delimitados. 
Así las cosas, lo que fue quedando cada vez más por fuera de la vida cotidiana y se fue transformando en tabú, en deseo irrealizable, en frustración, en pecado, fue formando espejos ante los que todavía nos miramos sin reconocernos. Y la libertad real se nos presenta poco, sólo a veces, cuando la saturación es tal y tan urgente que sobreviene como explosión violenta bajo la forma de llanto, de actividad física desmedida o de grito que luego nos deja exhaustos.
Se dice que los griegos inventaron la catarsis. Se dice, además, que su política de la democracia y de la armonía del hombre con sus prójimos debía contar con espacios cotidianos dedicados al placer y la descarga. Sólo así se podría vivir en un estado de paz y aceptación, de respeto y equilibrio. Sencillo concepto de la libertad individual y colectiva, ¿no? Nosotros, en cambio, vamos desarrollando cada vez más y mejores métodos para convivir con nuestra epidemia peor, el estrés y la angustia. Allí, cada cual atiende su juego, y el que no… una prenda tendrá.

Catarsis - III

Pueden ser curiosos, como a veces rozar con cierto tinte de belleza o de espanto, los ejemplos que encontramos en el mundo para equiparar al ser humano o a sus comportamientos, con el resto de las criaturas o de los objetos que el mundo nos ofrece. Desde cierto punto de vista, la psique humana podría asimilarse casi perfectamente a la naturaleza y el funcionamiento de una olla a presión.
En principio, porque aunque suene burdo o extremadamente simplista, es allí donde todo lo que ingerimos se cocina y se procesa, en la psique. Esa "cosa" extraña y más inasible que cualquier otra, que no es ni el cerebro ni el alma, ni el espíritu ni la mente, sino algo más bien intermedio y difícil de definir. Algo que nos perturba, pero sin lo cual no podríamos vivir. Mal que nos pese a casi todos los mortales, es el órgano que más picazón nos produce, el que más males propaga y propicia en el resto del organismo, pero no existe la posibilidad de extirparlo. Hemos de vivir con nuestra psique a cuestas, cueste lo que cueste.
Todo lo que nos llega desde fuera, y también absolutamente todo lo que se genera dentro nuestro, va a parar allí, a esa pequeña y extraña olla que habita en algún punto indeterminado de nuestra existencia. Al igual que la olla a presión, la psique cuenta con una válvula de escape por donde salen hacia afuera aquellas cosas que sobran, lo que siglos atrás se llamaba "humores": todos esos sobrantes tóxicos que no tienen lugar dentro del recipiente. En el caso de los usos culinarios, la válvula libera el vapor que se genera por el calor interno a medida que se lleva a cabo la cocción de los alimentos, cada vez que la presión llega a determinado límite. En estos recipientes que la tecnología ha inventado para optimizar los tiempos de las amas de casa frente a las hornallas, hay además una válvula de seguridad que funciona de forma automática liberándose cada vez que la temperatura y la presión internas son demasiado elevadas. Y según dicen los expertos, no es nada raro que eso ocurra, pues lo más común es que ciertos alimentos obstruyan la salida habitual de vapor mientras se cuecen.
Y lo mismo ocurre con la olla a presión que es nuestra psique. Allí donde todos los pensamientos y emociones se cuecen según las temperaturas y los tiempos que no sabemos ni logramos manejar oportunamente, existe una válvula de escape común que nos permite llevar adelante nuestras vidas cotidianas sin mayores sobresaltos. Algo hace que en nuestro andar y vivir de cada día, la olla-psique vaya liberando tensiones de su presión interna para permitirnos, sencillamente, seguir adelante. Pero, y he aquí el inconveniente, todo lo que se cuece dentro de nuestro inasible recipiente interior, sin darnos cuenta y sin querer queriendo, va dejando residuos que un buen día,
sorpresivamente, nos dan la pauta de que la válvula habitual se ha obstruido.
Y ahí es cuando arrancan los achaques. Generalmente, las señales de alerta por obstrucción se dan de forma tan patente como clara; a menudo, lo más común es que se manifiesten bajo la forma de temores, o fobias.
Gracias a la bendita intervención de la industria farmacéutica en el quehacer de todos los mortales del mundo en nuestra época, hemos descubierto que existen soluciones para todos esos casos. Porque, antes, nos han permitido comprender (y bien se han ocupado de eso, difundiendo de manera masiva y recurrente los mensajes para el caso) que, aunque creamos que nos estamos muriendo, en verdad nada de eso ocurre. Y por suerte, así nos hemos liberado de lo que hace algunas pocas décadas atrás, nos hubiese marcado con el estigmatizante signo de varios tipos de locura. Sabemos ahora que no nos estamos muriendo ni teniendo un infarto ni una muerte súbita, sino que estamos experimentando las múltiples y simultáneas formas de  expresión de un ataque de pánico. Porque en verdad, lo que sucede más en el fondo de eso, es que ha entrado en su justo punto de ebullición algún trastorno de ansiedad que nos aqueja; aunque, claro, solíamos vivir sin saberlo. Pero, más en el fondo aún, sabemos ahora que esa ansiedad no es tal, sino un cúmulo de angustia que se venía cocinando a fuego lento y liberando residuos hasta que la válvula de escape habitual se nos obstruyó y comenzamos a ver las señales. Ahí llega, entonces, el momento en que la válvula de seguridad saldrá a escena y se mostrará ante nosotros plenamente, vestida de gala, parándose ante nosotros y mostrando todo aquello que deja salir a borbotones sin que podamos detenerlo.
Quizás, un sinfín de fantasmas y "recuerdos olvidados" salgan a desfilar delante de nuestros ojos, aun cerrados. Algunos, en un arrojo de salvataje, podrían hacer lo que los apurados hacen con sus ollas cuando quieren abrirla porque ya la mesa está servida: llevar la olla bajo un chorro de agua fría. Sin embargo, contrario a la folklórica instrucción sobre cómo calmar a los niños en sus arranques de capricho, esto no hace más que empeorar las cosas. ¿Por qué? Pues porque dentro de la olla a presión el agua nunca llega a hervir, sólo se calienta a altas temperaturas sin llegar al punto del hervor o la ebullición. Y cuando creemos que metiéndola bajo agua fría podemos abrirla rápidamente para cortar con la cocción, no hacemos más que dar lugar a un fenómeno físico por el cual justo en ese momento la ebullición se produce súbitamente; el resultado suele ser riesgoso, ya que abriendo la olla en ese momento enfría las paredes del recipiente, condensa el vapor de agua del interior, se produce una súbita ebullición y el contenido escapa inconteniblemente por cualquier esquicio, y eso puede quemarnos, y mucho. Por supuesto que abrir la olla a destiempo sin recurrir al lavado de cara con agua helada también tiene sus riesgos, pues cuando aún está a presión, la apertura súbita deja salir los vapores anárquicamente a temperaturas demasiado elevadas.
Menuda tarea de resistencia la de la olla a presión, ¿verdad? Por eso es que desde que se han inventado se supo que debían fabricarse con materiales duros, aguantadores, aluminio o acero han sido siempre las opciones. Ahí es donde nos encontramos en desventaja nosotros, los pobres mortales que, vayamos donde vayamos, vamos llevando a cuestas nuestra olla a presión de paredes finas, endebles, delicadas. La psique humana, es claro, no está preparada para soportar los niveles de presión que, en comparación, están listas para aguantar y sostener las ollas donde un repollo se cocina en un minuto, o se cuecen las habas en cinco, o las papas en cuatro, o un pollo entero en apenas veinte minutos reloj. No. Nuestra psique maneja otros tiempos, otras alternativas. Y viene con ninguna garantía de fábrica adosada que nos certifique el correcto funcionamiento de sus válvulas de escape. Por eso, acaso intuitivamente o instintivamente, necesitamos que ciertas cosas nos movilicen lo suficiente como para abrir esa válvula y liberar todos nuestros humores. Aunque eso ocurra sólo de vez en cuando, una vez cada tantos años, o excepcionalmente.
Suele suceder, y creería que se trata de algo indudablemente magnífico, que las experiencias de los otros nos sirven como puente propulsor para desahogar los humores que venimos cociendo en nuestro interior. Usualmente, son las experiencias límite o los hechos dolorosos los que nos mueven a eso. Más aún, las pérdidas que por una razón o por otra experimentamos como grandes e irreparables pérdidas. Días atrás, todo un país abrió sus ollas y dejó salir sus humores. La muerte de un ex presidente pudo haber sido la excusa, el motivo, la razón. Diferentes y muy diversos han sido los ingredientes que ese hecho dejó salir en todos nosotros. Tristezas, amargura, desesperanzas, temores, especulaciones, secretas alegrías, ilusiones reprimidas. Como sea, y lo que haya sido, bien valioso y maravilloso es el cuadro: un país entero mostrando la hilacha. Para bien o para mal, pero dejándola ver y no pudiendo esconderla. Lo mejor del caso, sin dudas, es que durante y después de la catarsis, no hay ni puede haber nada más clarito que la honestidad. Ante ella, todos quedamos desnudos.

sábado, 22 de enero de 2011

Mundos

El mundo se ha vuelto cada vez más hostil. El tiempo pasa, cada vez, más veloz y más efímero. Estamos en una franca decadencia de los valores. Vamos de mal en peor. El planeta se deteriora. Somos presas del consumo, del sistema, de las variables de la economía mundial, de las coyunturas socioculturales y políticas ajenas. El mundo es cada vez más chico. La vida, cada vez, parece más extraña.
Y los discursos que nos circundan, cada vez más masivos; nosotros, los receptores, cada vez más permeables a la información, más vulnerables a los datos y a las estadísticas que nos describen e informan de qué va y cómo va el mundo en que vivimos. Y así, de tanto repetir y recibir, vamos creyendo demasiado muchas de las cosas que recibimos desde fuera. Cosas que, en general, carecen de sustento; pero como andan dando vueltas por ahí, simplemente les otorgamos el crédito de la credibilidad por la mera “publicación”. Y desde fuera, desde aquellos discursos que recibimos y repetimos como conducta adquirida e involuntaria, y con una muy relativa capacidad para la crítica y el discernimiento, adoptamos muchos más lugares comunes de los que se mencionaron al comienzo.
Los últimos años han tenido, para todos, ejemplos en abundancia. Algunos, por cierto, algo excesivos. Y sobre ellos hemos discutido aquí, en esta misma página. Pero como breve anecdotario bien vale recordar al menos mínimamente lo que sucedió y nos sucedió con la gripe A, aquellos meses en que fuimos presas inescapables del mal ante un enemigo inatrapable, silencioso, invisible. Y vienen pasándonos cosas similares una vez tras otra, acontecimientos que nos ponen en la situación de no poder saber exactamente qué hay de cierto y de falso en lo que se dice y en lo que -supuestamente- ocurre. Por ejemplo, ¿qué tan cierto es eso de que el mundo es decidida y definitivamente cada vez más hostil? Por supuesto, no puedo hablar de cómo habrá sido vivir antes de la Revolución Industrial, pero imagino que no debe de haber sido nada fácil tratar de vivir bien en un mundo desprovisto de las tecnologías con que me acostumbré a vivir en el mundo tal cual era cuando comencé a habitarlo. Lo que pudiese imaginar acerca de la vida durante la Primera o la Segunda Guerra Mundial, sería aún más fantasioso y errado: no estuve allí, sé que fue duro, horrible, espantoso, pero lo sé por boca de otros. De todas maneras, sin guerras ni luz, sin teléfonos ni rueda ni calefacción, la vida para el hombre no habrá sido mucho más agradable ni sencilla en los tiempos del homo erectus, ni del habilis, ni del sapiens. En fin, a cada época su dificultad. El mundo nunca ha sido ni será sencillo. Los obstáculos, supongo, son parte constante de la superación con que nos desafía, sin ir más lejos, la mera supervivencia.
Pero lo peor de todo, en el mundo y la vida actuales, es que el tiempo pasa a pasos cada día más acelerados. Explicaciones sobre este extraño fenómeno de la experiencia y la percepción abundan. Hay quienes dicen que se trata simplemente de una consecuencia de la ansiedad y el estrés, esos enemigos capitales que la vida moderna ha plantado ante las vidas humanas para cercenarnos el placer y la calma. Según esta teoría, los altos niveles de estrés y ansiedad trastornarían nuestra percepción del tiempo por la simple y compleja razón de que nos apresan en un estado de constante deseo sin satisfacción, de permanente aspiración a algo futuro que nunca llega ni satisface como debería hacerlo. Así que por eso, tan preocupados por lo que será y no es, se nos escapa el aquí y el ahora y el tiempo se disuelve en nuestra experiencia, más parecida a una ausencia y a una frustración crónica que a un fluir del hombre por el camino de sus derroteros.
Pero no todo es culpa nuestra, en verdad es el mundo, el universo, el verdadero culpable de esta escapada feroz de las horas. Según dicen ciertos paladines de la física cuántica y algunos otros exponentes de la astronomía holística, nuestro planeta está siendo afectado por una alteración en su campo vibratorio. En este preciso instante, progresivamente y sin retorno posible, se estarían invirtiendo los polos magnéticos de la Tierra. Eso haría que el tiempo, en efecto, esté mutando en sus ritmos y nuestras formas de medición vayan resultando insuficientes. Y llegará un día, dicen, en que esta alteración provocaría una inversión en el sentido de rotación de nuestro planeta; el sol saldría y se pondría por la otra esquina y vaya a saber qué otras rarezas se irán sucediendo. Aunque muchos ya nos avisan que sólo se notará al momento de chequear una brújula, cuando la flechita no sea capaz, como solía serlo, de indicar idóneamente la dirección norte de los horizontes.
Es que, ya ve, dentro de muy poco (cada vez más poco, porque el tiempo corre como loco) ya ni en las brújulas se podrá confiar. ¿Qué haremos cuando ya no podamos saber dónde dejamos nuestros nortes? ¿Será cierto, entonces, eso de que vamos de mal en peor? Caballeros eran los de antes, prolijos y peinados, trabajadores y responsables, piropeadores… Ahora, ahora ya no hay valores, oigo decir; antes uno podía confiar en las personas (y en las brújulas, ¡carancho!) y la palabra valía, no como ahora que todo eso ya está perdido… Mujeres eran las de antes, delicadas, dedicadas, aplicadas, y no como ahora, apuradas, medicadas… Claro, ya no creemos como antes ni volveremos a creer en el valor de la palabra como se hacía antes, volver a esa capacidad de fe es algo verdaderamente imposible. De hecho, ¿quién se atreve a creer ciegamente en la palabra ajena si vivimos, nada más ni nada menos, que en la era de la manipulación discursiva? Créame, hasta se trata de una cuestión de rigor científico que de tanto practicar durante décadas, y a fuerza de pruebas, ensayos y errores, ha ido dando en el clavo sobre cómo hacer para dirigir las voluntades humanas por medio de algo tan inocente como el lenguaje. Pero no sólo las voluntades, le diría que hasta el espíritu mismo, el pensamiento, el deseo, los dolores, las curas, las enfermedades, las esperanzas, las razones, los motivos, los fundamentos, y los refranes que nunca mueren pero sí se adaptan para mutar de sentido según las apetencias de las circunstancias. En fin, valores sigue habiendo y los habrá, siempre. Que no todos tengamos o conservemos los mismos, habla de un valor tan valioso como vital para las vidas de todos los hombres de este extraño mundo actual: la diversidad, entendiendo y reconociendo que ya nunca más el distinto a mí dejará de ser humano por ser distinto. No hace falta que nos veamos obligados, presionados, exigidos a que todos los seres humanos del orbe nos caigan simpáticos, las afinidades y las empatías corren por otro carril; se trata, simple y llanamente, de no volver a olvidar que todos somos personas, y punto. Quizás ese giro drástico de la conciencia humana sea más revolucionario y conmovedor que la inversión magnética de los polos o cualquier otro avance tecnológico que pueda modificarnos de pronto la vida otra vez.
El mundo es cada vez más chico, no lo dudo, pero es que cada vez somos más. Se van poblando los continentes con más almas cada día, y mientras eso pasa, nos vamos rozando cada vez más. Será un mundo, quizás, sin nortes definidos ni definitorios, con rumbos cambiantes y plagado de incertidumbres, cargado de desnudez ante lo que nos sorprende y no conocemos ni sabemos manejar. Será, tal vez, un mundo difícil, tan poco serio, que nunca volverá a ser lo que era. Pero, ¿sabe qué? Me gusta este mundo: al igual que todos los mundos anteriores, también cuenta con la privilegiada capacidad de la mutación. Este mundo también puede cambiar.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Populares

De un tiempo a esta parte, las distintas realidades de los países latinoamericanos parecen coincidir en un punto común, fundamental: se autodenominan y autodefinen como “populares”. Por extensión lógica, esto debería significar que todas sus ideologías, expresiones, políticas y acciones buscan afectar positivamente la realidad vital de sus pueblos, es decir: la de todos los habitantes de las respectivas naciones. Pero, ¿es realmente así?
Pues de eso se habla cuando se habla de “pueblo”: del conjunto total de personas que habita una nación y la constituye, del capital humano que la conforma de punta a punta, con todos los vaivenes y diferencias que existan entre los individuos, inalienablemente unidos por el trazo común de ser al mismo tiempo el resultado y la suma de numerosas partes. Se trata de la parte viva y real de la cartografía, conjugada en un ser común y múltiple. Para las naciones contemporáneas, hace tiempo ya que la noción de “pueblo” se ha transformado en un concepto propio e indispensable del derecho constitucional; íntimamente ligado, además, a los derechos humanos que las constituciones contemporáneas de casi todos los países del mundo también incluyen entre sus principios básicos y sus prioridades civiles y políticas. Por lo tanto, cuando hablamos de “gobiernos populares” deberíamos estar hablando de gobiernos cuya meta primordial radica en remover de sus hábitos el enquistado y tan antiguo hábito de gobernar con políticas para el beneficio de pocos y el perjuicio -velado- de unos cuantos.
Así las cosas, en el profundo y valioso giro conceptual e ideológico que intenta significar últimamente eso de “gobierno popular” en el contexto latinoamericano de estos últimos años, con todas las acciones que obliga a llevar a cabo, se estaría efectuando un avance tan profundo como definitivo en la consolidación de la noción misma de “pueblo”. Y ahí se encontraría, de hecho, el gesto revolucionario legítimo que varios países y gobiernos del subcontinente intentarían ejercer sobre la amplia realidad del mundo, marcando la diferencia con naciones de otras latitudes. ¿Cómo lograrían semejante cosa? Dejando de lado las letras chicas del diccionario, las definiciones adicionales que otorgan el carácter de “pueblo” a cosas tan distintas como contradictorias: “ciudad o villa; población de menor categoría; conjunto de personas de un lugar, región o país; gente común y humilde de una población; o país con gobierno independiente”. Acepciones y opciones, como se ve, muy débiles, susceptibles de aplicarse con márgenes demasiado amplios de relatividad; tanto que, en la multiplicidad de significados que ofrecen, hacen de la palabra “pueblo” un concepto más divisorio y separatista que unificador. Y todas ellas, vaya casualidad, extraídas de la “carta magna” del idioma español que hablamos los latinoamericanos, la Real Academia Española. Entonces, si realmente fuese así, si un importante grupo de Estados latinoamericanos coinciden en aunar esfuerzos para llevar adelante esta revolución, la de gobiernos populares que trabajan por borrar las ficciones divisorias que durante siglos repartieron hostilidades y beneficios desparejos para sus individuos, somos los privilegiados habitantes del mundo que viven en un escenario de cambio real donde la idea y el deseo de un mundo mejor, más justo y equitativo, es una cosa real. Pero creo tener algunas malas noticias, a pesar de la belleza de los discursos, y es que los hechos cotidianos vividos acá nomás, en casa o a kilómetros de casa, muestran exactamente lo contrario: todavía somos pueblos fracturados internamente, aún hacemos grandes y claros esfuerzos por pisarnos las cabezas los unos a los otros.
¿Qué otra cosa deja al descubierto, si no, lo ocurrido hace pocos días con la comunidad toba de los Qom, en Formosa? Largos y difíciles meses de corte de una ruta como forma de protesta visible y audible, y como única alternativa de defensa a los derechos humanos -tan propios de una comunidad aborigen como de cualquier otro grupo humano-, muestran con excesiva y hasta dolorosa claridad que el poder de una Constitución o de un gobierno constitucional para garantizar los derechos de todos sus ciudadanos sigue siendo algo laxo, relativo, débil. Muestran, también, que el diálogo no ha dejado de ser una cuenta pendiente de las democracias jóvenes y vapuleadas de los pueblos sudamericanos, que a duras penas las han conseguido y sostenido a lo largo de sus biografías. Muestran que el poder de las razones económicas y el de las filiaciones políticas no han dejado de ser tan fuertes como en otras épocas, porque todavía conservan la capacidad de imponer sus razones por sobre las razones elementales del respeto a la vida de los otros.
Cada vez que una empresa minera extranjera o un grupo empresarial sojero o un gobierno provincial decidan arrasar con las personas y los hogares en un territorio determinado para tomar por la fuerza terrenos de propiedad comunitaria, otorgados y validados como tales por derecho ancestral y también por instrumentos legales como la Ley 23.160 de Emergencia de Tierras de las Comunidades Originarias, se está mostrando que no hay coherencia entre el discurso y el acto. Y peor aún, la violencia, la impunidad, las persecuciones, las desapariciones y las muertes que estos episodios dejan en el camino, están mostrando que los derechos son tan frágiles como es tan relativo el carácter de “humano” para las personas que se suponen dignas beneficiarias de sus derechos humanos, es decir, todos y no algunos: el pueblo entero.
Lo que ocurrió meses atrás en Andalgalá, de lo que ya no hablamos más, y lo que sucedió hace días apenas en La Primavera, de lo que hablamos y sabemos cada día un poco menos, muestran que una topadora Caterpillar o una bala siempre serán más fuertes que una comunidad entera intentando dialogar con el resto de su pueblo, o pidiendo ayuda a sus dirigentes o a su Presidenta. Hechos así, a las claras, son todavía mucho más fuertes que cualquier topadora o un proyectil para hacer polvo las hermosas quimeras discursivas que nos decoran la vida política y los orgullos bicentenarios día tras día. Porque con hechos como estos redescubrimos una vez más la facilidad que supimos desarrollar para la apatía cuando lo que se incendia son las vidas ajenas y no la mía ni la suya, acá en Buenos Aires o en Córdoba, Santa Fe o Santa Cruz. Allá en las puntas pobres del país, ni siquiera sabríamos decir con certeza quién gobierna ni cómo o de qué se vive.
Pero hay datos que no tienen desperdicio. Datos que, como anécdota, bien servirían para engrosar el historial de nuestras vergüenzas. Por ejemplo, no se puede dejar pasar el hecho de que Gildo Insfrán, gobernador de la provincia de Formosa, es el peronista que por más años ha sabido mantenerse en pie sobre las altas esferas del poder político. Gobierna en su provincia desde 1987 hasta el día de hoy, 21 años ininterrumpidos, ocho años como vicegobernador y el resto como gobernador de una provincia que hace honor a la democracia con su sistema de reelección indefinida. Una provincia, la de Gildo -y sí, es suya, ¿o no?-, que cuenta con un total aproximado de doscientos mil electores, cincuenta mil de ellos viven de los planes Jefes y Jefas de Hogar, y otros sesenta mil se sustentan como empleados públicos. Una provincia hecha de rehenes políticos, donde además el 80% de los empleados públicos cobra de su jefe y gobernador sueldos inferiores al mínimo vital.
Una provincia hecha de contrastes, construida a fuerza de violencias, despojos y silencios. Así es Formosa, como podría ser también Catamarca, Jujuy… Como lo es, de hecho, la Argentina misma. Un país que no dijo nada, que no hizo nada. Un país, un pueblo que calló y que dejó pasar. ¡Y qué raro! Nadie dijo ni hizo nada tampoco desde otros gobiernos populares, mientras matábamos a los tobas para hacer soja donde tenían sus casas. Y eso que tenemos amigos presidentes con sangre india en las venas: Hugo, Evo, Rafael… ¿Y Cristina? Vieja amiga de Gildo, qué pena…

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Catarsis - II

Diversas y numerosas son las estrategias que a lo largo de los siglos se han desarrollado para conducir a los seres humanos hacia la purificadora meta de la catarsis. En los tiempos modernos, incluyen desde la terapia de la palabra hasta rigurosas y precisas técnicas de respiración, danzas, o medicinas poco tradicionales o cuestionablemente legales. También las hay muy cotidianas, muy poco artísticas, muy probablemente poco sanas.
Pero antes, volvamos un poco a los helénicos, a esos siempre tan iluminadores de uno u otro modo. Esos hacedores de preceptivas y poéticas que con claridad y precisión establecieron, para su tiempo y también para las generaciones que los sucedieran, las sanas y buenas formas en que los hombres -o “animales sociales”-debían gobernar, sentir, pensar y actuar. Según sus propios preceptos, todo hombre de bien, que mereciera llamarse digno y noble ciudadano (por ahora las mujeres quedaban de lado, pues para que fuesen reconocidas como “anthropos” harían falta varios siglos) debía atravesar la experiencia de la catarsis. Para lograrlo, los griegos se valieron fundamentalmente de un instrumento práctico: la representación teatral; más específicamente, de la ética, estética y moral herramienta de la tragedia. Todo lo que en ella era representado, así como todos los fundamentos filosóficos y artísticos que la sustentan, no eran otra cosa que la médula misma del ser humano en lo que lo hace ser lo que es. Por eso, más allá de los argumentos o historias que una tragedia pudiese contar, lo valioso estaba y está en el fondo de esa historia; y ese fondo, en fin, desde su perspectiva es y será el argumento esencial de la vida de todo hombre.
Todo comienza básicamente igual. Se presenta a un personaje protagonista, el héroe trágico, cuya vida es un ejemplo para todos los griegos, por su impecable conducta moral y también por sus condiciones biológicas, digamos, que lo hacen ser siempre rey o casi casi rey. Ahora bien, el problema es que para merecer la categoría de “héroe trágico”, este sujeto debe estar atravesando por alguna experiencia que lo haga quebrarse a sí mismo, ir dejando de ser lo que solía ser. Y, lo que es peor, se verá arrasado y arrastrado por la calamidad de que, con su error, su falta o su culpa, no sólo cambiará para siempre su vida sino también la de todos aquellos que lo rodeen; incluso, la vida y la historia de su pueblo o del mundo. ¿Por qué habría de ser tan grave? Pues porque, según lo entendían los griegos de aquellos remotos tiempos, las vidas de los humanos están regidas por una ley de equilibrio que no puede romperse entre el mundo terrenal y el mundo divino de los dioses, del que es apenas una imperfecta y pequeña copia, un simulacro (a veces, un tablero y un par de piezas que Zeus y los suyos acomodan y mueven a su antojo divirtiéndose a la hora del té). Tal como creían, cada vez que un hombre se atrevía voluntaria o involuntariamente a cometer un acto inadmisible por las normas morales y éticas establecidas para la armónica vida de las almas humanas, el equilibrio y la armonía entre el mundo terrenal y el divino se rompían indefectiblemente. Y esa ruptura acarreaba, inexorablemente, un caos que se trasladaría a la vida de todos los demás habitantes de la Tierra. Y sólo existía una forma de restituir el orden y el equilibrio: pagar con la propia vida el error cometido, mediante la muerte o un devenir despojado de todo lo que el héroe en cuestión pudiese llamar “vida”. Eso sí, antes de hacerlo debía cumplir una condición, la más dolorosa y grave de todas: tomar conciencia de su error o su falta.
En resumen, todas las tragedias griegas contienen este único argumento, aunque las historias y los nombres varíen en las composiciones de uno u otro autor. Y todo era, ni más ni menos, para el público. Todo ese mecanismo de la escenificación de la tragedia humana fue finamente pensado para el uso obligado que de él debía hacer el espectador. Y así como al héroe trágico le correspondían un itinerario y un destino, también el espectador tenía los suyos: asistir al teatro para ver representadas allí, en un reflejo metafórico, sus propias faltas y miserias; y para que eso sirviese a los fines de tomar conciencia de ello y, luego, una vez que la observación del espectáculo trágico lograse identificarlo con el héroe hasta mover dentro de su espíritu las emociones tóxicas que lo atormentan, estallar en llanto y dejar salir de sí esas emociones. Así, se supone, el espectador lograba una profunda purga de sus “pecados”, a la vez que se volvía un ser más consciente de sus actos cada vez.
Sorteando las innumerables variables que las “reglas” de la representación teatral han ido imponiendo a lo largo de los años para la escenificación de la tragedia humana, bien podemos decir que al día de hoy, todos y cada uno de nosotros asistimos a la escenificación de nuestra(s) tragedia(s) de forma cotidiana, repetida, rudimentaria, bruta, hiperbólica, obsesiva, neurótica, inevitable. Y lo hacemos nos guste o no, más involuntariamente o por efecto de las inercias de las formas de vida que el mundo nos propone, que por voluntad de purgarnos o volvernos seres conscientes y cada día más sabios. Lo hacemos porque no tenemos más opción que hacerlo, y vernos reflejados en lo que vemos; aunque nuestras historias particulares en nada coincidan con las historias de los personajes reales cuyas vidas seguimos día tras otro. 
La tragedia humana que seguimos de cerca y por capítulos días tras día no necesita ya de escenarios o disfraces para llevarnos a la catarsis una y otra vez. Por el contrario, apenas nos basta un televisor y algo de tiempo que podemos conseguir perfectamente mientras hacemos cualquier otra cosa. O bien algún otro medio de comunicación, pues esta tragedia nuestra de cada día todo lo impregna y lo contagia. Y ahí vamos, viendo o leyendo ayer, hoy y mañana las incontables aventuras de gente que de la noche a la mañana se vuelve príncipe o princesa por los efectos de una noche de amor o una próxima boda con algún sapo afortunado o hada talentosa que, apenas con un tris, los coloca en un titular, una tapa o, en el mejor de los casos, dentro de un aparato cuadrado y cada vez más chato con cable y enchufe. 
Y ahí vamos, también, asistiendo a las tragedias ajenas y sufriendo por el temor acuciante de que podamos ser nosotros, y por la neurosis de vernos identificados como posibles víctimas de todo cuanto delito acontezca de aquí a la esquina o a miles de kilómetros a la redonda. Miramos y seguimos a pies juntillas, atónitos pero fascinados, los embates de la falta de higiene, de seguridad, de justicia que sufren otros tantos seres humanos. Y muchas veces, nos vamos a dormir aliviados de que sean otros los que sufren. Y a la vez, muchas veces nos dormimos con el irreprimible deseo de no ser precisamente nosotros los protagonistas de otras historias que quisiéramos vivir y no sabemos cómo cuernos hacer que se nos vuelvan realidad. Y muchas veces, además, nuestras vidas se empapan de padecimientos y pánicos que no tienen nada que ver con nuestra propia vida, ni con nuestro auténtico padecer ni ser ni sentir.
Nosotros, los que perdimos de vista y de rastro hace tiempo el sentido del equilibrio entre ser y desear, buscamos ahora las alternativas más inmediatas para hacer catarsis y quitarnos de encima tantas tragedias que queremos y no queremos vivir. Y lo hacemos porque ya nos han prevenido de que desahogar y no reprimir es la mejor forma de evitarnos a futuro un cáncer, una calvicie, un infarto, la impotencia o la frigidez. Al mismo tiempo, manoteamos lo que sea necesario con tal de encontrar la cura a la angustia o al estrés que nos pisan los talones cada día, cada noche. Y ahí vamos, de implosión en explosión, a la llamada de la catarsis, esa higiene emocional que tanto deseamos lograr para el bien de nuestra salud, y nuestra paz…

Cataris - I

Podrán decir que se trata de un invento viejo, si los hay, que no tiene mucho de nuevo o interesante. Que sus derechos de autor son patrimonio exclusivo de los antiguos griegos. ¿O no es cierto que todo, o casi todo lo que creemos nuestro, no es más que resto y residuo de herencias helénicas, reinventadas y readaptadas según los tiempos y los contextos? Quizá. Pero, nada logrará que dejemos de necesitarla, a esa vieja y vital invención de la catarsis.
Varios siglos antes de que la especie humana hubiese podido siquiera soñar, en sus más extravagantes fantasías, con algo parecido a la televisión (algo que, por cierto, para Platón hubiese encarnado el horror mismo de aquello que llamaban “falsas copias de lo real”), los griegos del Ágora y las túnicas inventaron el teatro. Eso que, mucho más que el drama (una historia, ciertos personajes, un tiempo, un lugar) significó casi un deber ético del ciudadano de bien. Aunque la interpretación dramática estaba a cargo de personas de poco rango político y sociocultural, todo espíritu elevado debía atravesar cuantas veces fuese necesaria la experiencia de asistir a la representación de sus propias miserias, errores y faltas. Allí, y sólo allí, no en la introspección sino en la observación del afuera entre las máscaras y los coros, se vería a sí mismo; y en esa identificación, la catarsis debía producirse en forma de llanto o piedad como única vía de purga o purificación para sus pesares espirituales y de conciencia.
Claro que, es preciso decirlo, la catarsis fue patrimonio exclusivo de la tragedia. La comedia, dedicada a recrear con sarcasmo e ironía los aspectos serios de la realidad, para alivianarlos, poniéndolos a la vista en forma caricaturesca con la intención única de provocar risa, nunca fue considerada como algo ni tan valioso ni tan importante. Aparentemente, la creencia de que el espíritu y el cuerpo del hombre sólo pueden perfeccionarse hasta amoldarse a los estándares adecuados de “aceptabilidad” mediante el dolor, ya era un clásico de la cultura occidental entre los griegos. Algo de lo que, no mucho tiempo después, se contagiaron los romanos. Y que no tuvo demasiado trabajo para llegar a nuestros días, a través del uso que, entre otras cosas, el psicoanálisis supo hacer de esta idea.   
El método catártico, elaborado y practicado por Josef Breuer y Sigmund Freud, consistía en “hacerle ver” al paciente la escena de su propio sufrimiento, o la del recuerdo de las causas de sus males, fobias o angustias; mostrarle el origen de sus histerias y neurosis para que así, ante el espanto o el horror renovados por la observación, lograra expulsar emociones hasta entonces reprimidas y redimirse de los síntomas que lo atormentan. Por su parte, las religiones occidentales también han hecho su aporte en este sentido. Cualquiera sea el credo que se practique, no es raro advertir que las doctrinas enseñan que arduo y sacrificado es y ha de ser el camino hacia la felicidad, la salvación, la perfección o la Verdad.
En el medio de todos esos caminos, insalvablemente, siempre encontramos un umbral: la catarsis, mezcla rara de intervalo gozoso y doloroso, que reúne a la vez el placer de la descarga y la dificultad de la conciencia.
Al decir de los griegos, el sendero que nos conduce hacia el salvífico umbral de la catarsis contiene determinadas etapas que lo convierten en un destino inevitable. Primero, un hombre debe cometer un error o vivir una situación que lo afecte como consecuencia del error de otro; luego, la mala acción (de pensamiento, acto o sentimiento) desencadena una ruptura en el equilibrio entre el mundo humano y el divino, o bien en el orden ético de la vida humana. Inmediatamente, el culpable se verá sometido a una sucesión de pruebas que lo conduzcan, aunque no quiera, a tomar conciencia de sus actos. Hasta que finalmente, cuando logra ver y verse a sí mismo, es llevado por su propia mente y su propio corazón a desahogar la pena y el dolor de ver frente a sí su propia oscuridad. Ése era, es, el efecto que debe causar en sus espectadores la representación de la tragedia humana. El mismo que buscó lograr el psicoanálisis con sus histéricos. Aunque, ahora, la escenificación y representación de nuestras más bajas miserias se observan y comparten mediante la representación televisiva del show de la tragicomedia humana, me pregunto: ¿cuáles y cuántos son los pecados, errores, males que tanto debemos purgar de nosotros con tanto ver y ver lo que vemos allí? Solían decir: “Si todos los hombres son mortales, entonces Sócrates es mortal”; podríamos ahora meditar: “Si eso que nos muestran es la vida, lo que no se muestra no es vivir”. Mmmm….